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martes, 2 de junio de 2015

De Catalunya per l´Adrià



Bien parapetado por los calcetines y calzoncillos, que en un orden caótico se amontonaban en el segundo cajón de la mesita, se encontraba algo más arrugado, pero intacto en su existencia, el sobre que el joven Adrià custodiaba desde que la tarde del 20 de mayo, por su decimotercer cumpleaños, lo recibiera de manos de sus padres. Era un sobre con los colores de la senyera y una pegatina de una estrella azul que lo cerraba, en el que leyó al recibirlo: “De Catalunya per l´Adrià”. Él no entendía nada de lo que en el sobre ponía y de hecho bien poco le sorprendió, ya que se encontraba bastante acostumbrado a leer carteles citando a Catalunya parecidos por las calles de su Barcelona natal, escuchar enunciados semejantes en la televisión cuando se sintonizaba TV3 o en los pasillos y comentarios de boca de sus compañeros del instituto de su barrio de El Carmelo al que asistía ya por segundo año. Lo observó bien antes de abrirlo por si en él se encontraba alguna pista de lo que se ocultaba en su interior, lo sostuvo con el índice y el pulgar mientras lo ponía al trasluz de ese sol primaveral, por si se trasparentaba su interior.  -¡Espero que no sea más dinero!-, exclamó.  Ya que bien sabía por otras veces, que si se trataba de algún billete, más temprano que tarde se convertiría, por medio del arte de la persuasión de su madre, en alguna camisa o pantalón de vestir que según sus padres siempre tanta falta le hacían; pero que tan poco juego le daban. Él hubiera preferido cualquier cosa antes que abrir el sobre y encontrar en él algún billete de esos euros que tanto oía decir a los mayores que costaban ganar; por lo que antes de abrirlo gritó: “¡El deseo, necesito cambiar el deseo!” Todos se le quedaron mirando, sus abuelos, su padrino, los dos amigos del instituto que allí estaban y sus padres poco menos que se echaron a reír; pero él sabía lo que se hacía.

-¡Sí, quiero cambiar el deseo! Traedme la tarta, encended las velas y cantad cumpleaños feliz otra vez, entonces yo pido el deseo, las soplo y me dais el sobre.- les explicó. La cara de su padre en ese momento era un poema, ya que acababa de quitar las trece velas, quemándose en el proceso un dedo con la cera, y se preparaba ya para comenzar a partir la tarta después de marcar las partes de forma milimétrica para que no se desperdiciara ni una miga de la misma. -¡Vuelta a empezar!- exclamaron sus amigos del instituto, mientras uno de ellos abrazaba al pequeño Oriol que comenzaba ya a impacientarse ya que sabía que en los cumpleaños de su hermano, cuando sus padres le daban el regalo a su hermano mayor, él siempre terminaba pescando algo. Así que una vez preparada la tarta con todas sus velas encendidas y cantada la canción por todos, Adrià cerró bien fuerte sus ojos, cruzó todos los dedos de su cuerpo y deseó mientras soplaba, que lo que contuviera el sobre no fuera un billete. Tras el ritual, su padre volvió a darle de nuevo el sobre, esta vez con una colleja de complicidad incluida. Y su madre, que no sabía concretamente qué era el regalo añadió: “Ábrelo, venga, que nos tienes en ascuas. Y a ver si se te cumple el deseo”. Entonces Adrià, con los nervios a flor de piel y con todas las miradas de los allí presentes puestas en el movimiento de sus manos, levantó la pegatina de la estrella y abrió el sobre. De él sacó tres papeletas de las que leyó detenidamente “Athletic Club – FC Barcelona, Estadio Camp Nou, Barcelona 30 de mayo de 2015… ¡ENTRADAS PARA LA FINAL DE LA COPA DEL REY!” La quietud del instante estalló por los aires, el chico salió corriendo y agitando las entradas y el sobre mientras daba vueltas alrededor de los que allí estaban. “¡Tot el camp… es un clam…!”, gritaba entusiasmado. Era la primera vez que asistiría en su vida a un partido del Barça, su club de siempre. Y allí había tres entradas: una para él, otra para su padre… y sí, otra para el pequeño Oriol, que el día después de la Final tomaría su primera comunión y que aunque su padre no estaba muy por la labor del acto religioso, sí tenía ganas también de que no olvidara aquella fecha. Todos reían al ver a los dos hermanos abrazarse y correr hacia su cuarto para buscar las camisetas que tenían del Barcelona. Mientras, la madre le preguntó a su marido si no sería un partido peligroso para llevar a los niños, a lo que le contestó que eran dos aficiones que se llevaban bien y que sería una oportunidad para que los chicos aprendieran de verdad qué era aquel ambiente, que era una ocasión irrepetible y que no se les olvidaría en la vida.

Volvió Adrià a revisar antes de acostarse que el sobre se hallaba escondido en el lugar en el que siempre había estado. Al día siguiente era el gran día y no podía perderlo. Aquella noche soñó con Messi, Xavi, Iniesta, Piqué y con otros jugadores que había oído nombrar y que recordaba vagamente; pero que ya no estaban en el equipo como Ronaldinho, Eto´o, Henry, Villa, Valdés o Puyol… Era el equipo de su vida, aquel al que se había aficionado a partir del año 2009, el año del sextete. Y era además el equipo donde jugaban los que para él eran sus héroes, aquellos que además de los títulos del club habían conseguido las dos Eurocopas y el Mundial, sobre todo él tenía afición por Xavi y por Iniesta… no lo podía ocultar y sus camisetas bien lo indicaban, todas las que tenía llevaban uno u otro nombre a la espalda. Amaneció y ya supo con los primeros rayos del sol que aquel día sería un día grande. Su hermano estaba también impaciente y entre regates y juegos llegó rápida la hora de prepararse para ir al partido. Lo tenía bien claro Adrià, se metió en su cuarto como un conejo en su madriguera, removió los cajones y salió gritando: ¡Vámonos ya! Apareciendo en el salón de su casa enfundado con la camiseta que firmada por Iniesta, guardaba como oro en paño. Una camiseta que le regaló su tío del pueblo cuando fueron el año del Mundial a veranear con la familia de su madre a Villamalea; una camiseta de la Selección española de fútbol. Su padre giró la cabeza, lo miró de arriba abajo, frunció el ceño y le contestó: “Tú, así, no vienes”. La mirada y el tono de las palabras de su padre no dejaban lugar a réplica; pero Adrià no lo comprendía, por lo que le exclamó: “Pare; ¡però si és la del Iniesta!”.  –Tens raó Adrià; però avui toca anar amb la del Barça- contestó su padre, mientras sacaba tres camisetas de una bolsa. Eran las de la equipación del Barça con los colores de la senyera, esas que no le gustaban nada a su madre porque en ellas se mezclaban política y deporte; pero que aquella noche no se atrevió a decir nada por no aguar la fiesta a sus hijos con otra discusión más con su marido por motivos de política.

Llegaron a las inmediaciones del Camp Nou, todo estaba lleno de miles de personas con camisetas de ambos clubes y banderas. El ambiente era festivo y las luces y música tenían encandilados a Adrià y Oriol que, con paso entrecortado y mirando hacia todos lados, iban de la mano de su padre para no perderse entre tanta gente. Se aproximaron a la entrada por las que a ellos les tocaba acceder al estadio y entonces, antes de ello un señor, con una barretina y una bandera al cuello les llamó la atención a los chiquillos. -¡Tomad estos dos silbatos!- les dijo mientras se los colocaba al cuello a ambos y le daba otro al padre guiñándole el ojo. Entraron al estadio, la intensidad de los focos los deslumbraron y que ya estuviese casi lleno les sobrecogió. Quedaba poco para que saltaran ambos equipos, de hecho debido al atasco se habían perdido el calentamiento. Entonces, avisaron algo por megafonía, salieron ambos equipos que se colocaron para los saludos iniciales y comenzó a sonar el himno de España, ese himno que tanto recordaba Adrià de tantas veces como había visto el DVD de la Final del Mundial de 2010, ese que sonaba cada vez que ganaban los hermanos Gasol, Marc Márquez, Rafa Nadal… Entonces llegó el estruendo ensordecedor. Toda la gente se puso a hacer sonar sus silbatos, a pitar, gritar, insultar y él, asombrado, miró a su padre que entre sus labios sostenía el silbato que le habían dado en la entrada haciéndolo sonar mientras hacía cortes de manga efusivamente en dirección a alguien a lo lejos y a su lado su hermano pequeño imitaba sin saber todo lo que hacía su progenitor. Terminaron los silbidos y Adrià le preguntó a éste sorprendido: “Papá, ¿por qué ha silbado la gente?” –Hijo mío- le contestó su padre-, porque nosotros odiamos a España.


miércoles, 15 de mayo de 2013

Identidad perdida



Desde que tengo uso de razón me he considerado seguidor incondicional del Real Madrid y no porque el fútbol me gustase, es de sobra conocido que desde siempre mi deporte predilecto ha sido el baloncesto; sino porque desde bien temprana edad recuerdo ver a mi padre vibrar con tardes de gloria madridista en la que once jugadores daban todo por una camiseta blanca que en la mayoría de las veces, una vez transcurridos los noventa minutos, acababa empapada de sudor, hierba, barro y hasta sangre de los hombres que la vestían. Por aquel entonces yo no tenía ni idea de las reglas de juego debido a mi juventud, pero sí es verdad que el amor por ese escudo y esa camiseta fue brotando gracias a las incontables veces en las que mi padre cantaba los goles y celebraba las victorias.

Con el paso de los años fui aprendiendo las normas de aquel deporte, aunque en la práctica yo siguiera entrenando por encestar cada vez más canastas en el colegio. Conforme más partidos veía, más quedaban en mi memoria nombres inmortales de la leyenda de este glorioso club, que con tanto orgullo recitaba mi padre: Juanito, Santilla, Butragueño, Martín Vázquez, Sanchís, Míchel… Y conforme iba siendo capaz de recordarlos, y hasta de reconocerlos, mi padre vio el momento oportuno para hablarme de lo que suponía históricamente el Real Madrid. Me lo describió como el club que más títulos europeos y nacionales poseía, donde grandes jugadores habían marcado época vistiendo esa camiseta, donde un estadio de cerca de cien mil espectadores se llenaba con gente de pie animando durante todo el encuentro, donde no se daba ningún partido por perdido por adverso que fuese el resultado, donde no había que menospreciar al rival bajo ninguna circunstancia, donde muchos jugadores de otros equipos anhelaban jugar en algún momento de sus carreras, y donde, pasase lo que pasase en el terreno de juego, se respetaba al adversario institucional y deportivamente. Cuestión ésta que repetía más de una vez mi padre bajo la frase de que “uno es del Real Madrid porque es un club de caballeros con valores”. Conforme pasaron los años y yo fui creciendo, se sucedieron victorias y derrotas, éxitos y fracasos que marcaron mi experiencia como seguidor de este club; pero que en ningún momento me hicieron dudar de mis ideales. Sabía que por muy adversa que fuese la situación siempre aparecerían jugadores cada vez mejores, dirigidos con mano certera por entrenadores que les enseñarían la grandeza de la legendaria camiseta que se enfundaban en cada partido. Y así fue como se hicieron grandes en el equipo Raúl, Hierro, Guti, Zamorano, Laudrup, Roberto Carlos, Mijatovic, Redondo… Jugadores que si por algo se caracterizaron fue por su entrega incondicional a algo que iba más allá de un simple escudo estampado en una camiseta, llegando en muchos a ser incluso una filosofía de vida.

Pero llegó un momento, en el que viéndose en la cúspide del siglo XX, el timón de la nave cambió de dirección y no se supo mantener esa política de cimentar la plantilla con jugadores que, desde las categorías inferiores, conocían lo que eran los valores del club, complementándola con aquellos fichajes que fueran necesarios. Se creyó que la grandeza la propiciaban las ganancias o los éxitos simplemente, y en esa ceguera se vieron abandonados los demás valores, desfilando por el club innumerables jugadores y entrenadores que aunque consiguieron títulos, pocos dejaron su impronta. El respeto desde y hacia otros equipos se fue perdiendo y el blanco de la camiseta tiñéndose de ese  gris apático actual. Quizá muchos se cuestionen por ello, pero ya dice el refrán que quien olvida su historia está condenado a repetirla; aunque en cuestión de éxitos quien olvida sus valores y principios está obligado a vagar sin rumbo por el derrotismo, a pesar de las victorias que consiga.