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miércoles, 23 de octubre de 2013

La educación que damos


Muchas veces me han preguntado sobre cuál fue la causa que propició que decidiera dedicar mi vida laboral a la docencia de adolescentes en un instituto de Enseñanza Secundaria. Siempre he respondido lo mismo: “La bendita culpa fue de mis padres y mis maestros”. He de confesar que desde que tengo conocimiento, me he visto como una persona muy inquieta e interesada en conocer y descubrir cosas nuevas, no importaba la materia que fuera, la meta a alcanzar era aprender. Recuerdo con especial nostalgia todos aquellos momentos, duros y menos duros, en los que sentado en mi pupitre de Maristas, del Chabas o del Trevenque, ejercía mi labor como alumno, entusiasmado por la capacidad que tenían mis maestros y profesores para transmitir todo el conocimiento que su experiencia atesoraba. Es cierto también que no todos los momentos fueron igual de fáciles; pero sí es verdad que siempre pudieron encontrar en mí a un alumno comprometido y respetuoso con la labor que ellos desempeñaban.

En este instante entró en escena otro de los elementos primordiales en la educación de todo joven, la familia. Sin los valores que me inculcaron mis padres desde el primer momento, sé que nada de esto habría sido posible. Analizar su labor como educadores ha sido para mí siempre algo bastante curioso, sobre todo porque siendo novatos en el tema y dejando a un lado manuales, pedagogía y modas educativas, supieron transmitirme un alto nivel de valores humanos y sociales que siguen tan frescos como el primer día; y ahí viene mi sorpresa, sin ningún grito, ni mala palabra, ni amenazas; al contrario, desde el primer día diálogo y explicaciones constantes. Como muchas veces decía mi madre: “A un niño pequeño no hay que amenazarle para que se comporte de una determinada forma, porque tarde o temprano querrá rebelarse; sino que hay que hacerle comprender cuáles son las consecuencias, buenas y malas, de sus actos”. Pero su labor no se queda ahí, su implicación e interés en mi desarrollo académico era patente. Reuniones, tutorías, charlas con otros padres, con profesores, con amigos míos hacía que la labor educativa que desempeñaban en casa tuviera su eco en clase, retroalimentándose hasta engranar la maquinaria de mi vida. Y entonces pasaron los años y hubo que elegir hacia dónde dirigir mi futuro, en el que poco a poco aparecieron inquietudes como la capacidad de servicio público, siempre he creído que no hay mayor satisfacción para una persona que ayudar a mejorar a la sociedad desde tu propio puesto de trabajo. A ésta se unieron el gusto por los contenidos históricos, artísticos y comunicativos que propiciaban el estudio de las asignaturas de Letras. Además aparecieron en mi camino profesores que me enseñaron, que aunque tenían una asignatura donde mis gustos podían verse contentados, su alto nivel de exigencia y justicia para el trabajo de la materia que impartían, la hacía a su vez más atractiva. El siguiente paso era fácil, marcar la meta a alcanzar y luchar por ella. Ahora bien, tuve que atravesar unos años universitarios en los que, aunque excelentes; por fallos en el planteamiento del sistema de formación del personal laboral docente en España, no se instruía al alumnado en labores docentes; sino en labores académicas de investigación sobre la Lengua castellana y su Literatura. Esto pudo hacerme flaquear en algunos momentos; pero lo bueno es que la motivación por desempeñar en un futuro la labor de profesor contrarrestaban los altibajos. El viaje hacia la meta se completaba con un año del curso para la obtención del Certificado de Aptitud Pedagógica (actual Máster), las por algunos temidas oposiciones, y por fin la llegada al instituto.

Llegar a tocar la campana de la meta. Saber que vas a poder desempeñar la responsable labor de educar al futuro de una nación, es una satisfacción inconmensurable. El problema es que entonces, en ese preciso instante de felicidad desatada, uno se encuentra con gente desmotivada, alumnos que no ven que sus inquietudes se satisfagan, docentes que no encuentran más estímulo que el de poseer un sueldo fijo a fin de mes, familias que no se implican en la educación académica de sus hijos e índices de fracaso escolar, absentismo y abandono que harían a más de uno tirarse de los pelos. Entonces, en ese preciso instante te miras al espejo del pasado y recuerdas, en tu ausencia de experiencia docente, querer ser ese profesor ideal que hizo que tú te interesaras por su asignatura, haciéndole comprender a todos los alumnos cuáles son las consecuencias de una buena educación.



miércoles, 16 de octubre de 2013

Renovarse o morir


A veces no somos lo suficientemente conscientes de hacia dónde dirigimos nuestros pasos como civilización, es normal que ante el devenir lógico del continuo temporal, muchas veces el propio ser humano sienta un desasosiego interior cuando se para a reflexionar acerca del trascendentalismo y el futuro más inmediato de su propia existencia. Éste es un motivo filosófico muy recurrido, e incluso recurrente además, en épocas de cambios, en tiempos de crisis. Todo cambio siempre conlleva un proceso de adaptación y aprendizaje; y por la propia naturaleza que nos invade, como seres de costumbres que somos, a los propios seres humanos cuando nos encontramos en esos momentos de alteración momentánea y pasajera de nuestra más monótona cotidianidad, nos invade esa tesitura de dar el paso hacia adelante o quedarnos estancados.

¿Avanzar o parar máquinas? Acostumbrados a vivir en una sociedad en la que la espiral del avance científico y tecnológico gira a unas velocidades vertiginosas, e incomparablemente superiores muchas veces a la lógica rotación de las manillas del reloj, podemos sentirnos atraídos por tratar de adoptar una postura forzada en el intento de “estar a la última moda”, sin reflexión alguna acerca de si ese futuro prometedor, que se nos presenta ante nuestros ojos bajo la figura de un deseado y novedoso invento o actitud social, puede verdaderamente sernos de utilidad para nuestra vida. En el caso contrario, el inmovilismo y la cerrazón ante cualquier forma de progreso, así como la reflexión depresiva resumida en esa expresión tan nuestra de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, puede llevarnos a hacernos caer en un error parecido al reflejado en el caso anterior; mediante el cual, seremos incapaces de detectar aquellos valores positivos encerrados en esas nuevas actitudes y objetos que nos traigan los tiempos modernos, dejando pasar un tiempo precioso de adaptación y uso a tales novedades, para que con el paso del tiempo se conviertan en verdaderas herramientas beneficiosas para el progreso real de la sociedad. ¿Cuántas veces no habremos visto a individuos saturados por la desmesurada e incontrolada aceptación de últimas modas como ejemplos de progreso real? ¿Cuántas veces no habremos presenciado la visión de aquel individuo que, negando cualquier progreso por el simple hecho de serlo, se encuentra, llegado el momento oportuno, corriendo a marchas forzadas contrarreloj por intentar ponerse al día? Los momentos que todos recordemos quizá sean múltiples y variados en forma y desenlace; pero siempre traumáticos para la persona que lo sufre. Y es que el primer paso que hay que dar ante el progreso es la reflexión, adoptando casi una actitud aristotélica de búsqueda de la virtud; es cierto que habrá momentos en los que haya que apostar fuerte por una de ambas dicotomías; pero sin tener educada la capacidad de reflexión del justo medio será imposible alcanzar la meta deseada.

Los claros ejemplos de que la mezcla de ambas posiciones, en su justa medida, dan buenos resultados los tenemos en todos los avances consolidados, así como posturas filosóficas, modas, artes y demás actitudes sociales que han demostrado ser eficaces aunando “tradición” y “renovación” en sus bases. Por lo tanto, adaptando estos dos aspectos al ámbito que sirve para crear el futuro de una sociedad, la Educación. Hoy más que nunca, habiéndose demostrado que ha habido leyes educativas que han fracasado en su intento de alcanzar unas cotas de éxito académico comparables a países de nuestro entorno, leyes que incluyeron con su implantación metodologías y herramientas educativas tan novedosas que no fueron acompañadas de un estudio previo de impacto de las mismas, siendo dadas por buenas solo por el hecho de ser novedosas, es el momento de apostar por una revisión de la Ley Educativa en búsqueda de una mejora del propio sistema que les sirva a nuestros jóvenes y al futuro de nuestro país, para posicionarse en el mundo del mañana. Todo tiempo que perdamos en conflictos de alternancia de leyes, por el simple hecho de no ser acordes a ideologías o principios anquilosados, supondrá luego, a marchas forzadas tener que llevar a cabo las reformas necesarias que nos sirvan para alcanzar en 2020 los objetivos educativos marcados por Europa. El tiempo corre en nuestra contra y como bien dijo Unamuno: “el verdadero progreso consiste en renovarse”.



miércoles, 9 de octubre de 2013

Menú del día


Hoy me toca comer fuera. Alguna vez que otra, bien por falta de tiempo o bien por romper con la rutina de la comida solitaria en casa, me gusta visitar alguno de los muchos bar-restaurant que pueblan la geografía española, en los que además de disfrutar de viandas y platos caseros de calidad y consistencia contrastada, válidos para saciar el apetito del trabajador español a la hora del almuerzo, y proporcionarle el vigor suficiente para, en muchos casos, poder proseguir con su jornada laboral; sirven para pulsar ese latido de la sociedad tan nuestro a la hora de la comida. La escena quizá les sea conocida. Típico mesón andaluz, suelo con alguna que otra arrugada servilleta de papel, amplia barra de acero inoxidable, y tras ella una muchacha que después de sus horas correspondientes en el instituto, coincidiendo con la hora de la comida, va a echarles una mano a sus padres, dueños del local, para cobrar los menús y preparar los cafés. Mientras, la  madre, con una precisión de reloj suizo, se afana en la cocina en la preparación de los platos; y el padre, con una velocidad pasmosa, se esmera por no perder ni un minuto en hacer que las comidas lleguen ordenadas al respetable. Conjunto digno del mayor galardón en calidad, sincronización y trabajo de equipo, y encima, con un miembro menos, por caerse de la moto. Nada grave, para la vez próxima aprenderá a no hacer el ganso con la dos ruedas por las cuestas.

La zona de las mesas, que en otros sitios recibiría el nombre salón o reservado, dependiendo del precio del cubierto, aquí se utiliza, con su marquesina de madera de separación con el resto del local, para ubicar el comedor a ciertas horas y para recibir a los aficionados al deporte rey a otras tantas, haciéndolo coincidir en todas ellas con un incombustible televisor tamaño pared, cuya programación se alterna entre las noticias o el fútbol. Como no es menos de esperar, es la hora de la comida, y válgame el cielo, tocan noticias. Me siento con la musiquilla del sumario, abre la comparecencia de la ex Ministra socialista Magdalena Álvarez ante la juez Alaya por presuntos delitos de prevaricación y malversación en la investigación de los ERE falsos de la Junta de Andalucía, noticia que se complementa con las nuevas detenciones llevadas a cabo por la Guardia Civil en el marco de la investigación y tras anunciarlo la locutora… ¡zas! Golpe en una de las mesas en las que hay sentados dos señores enfundados en su mono azul electricista. “¡Te lo dije Manolo, que todavía caen más. Ya hasta sindicalistas!” –le espeta uno al otro en tono de indignación y clarividencia–. Parece que un espectáculo de irritación contenida va a dar comienzo en una de las mesas cercanas, y aprovechando que el comedor no está lleno, creo, que entre el tintineo de platos y el bullicio contenido, podré pegar la oreja discretamente a su conversación. Siguiente noticia: La OCDE sitúa a los adultos españoles en el último lugar en competencia matemática y lectora. “¡Ale, encima de que nos roban, somos los más tontos del mundo! Normal, así nos va.” –esta vez no hay golpe, pero el codazo al compañero no falta–. El comentario del resto de las noticias del sumario no levanta tanta expectación en el vecino comensal; parece que con esos dos platos habrá suficiente para comer.

Llega la ampliación de las noticias del sumario y entonces, a sus postres, que coincide casi con la llegada de mi primero comienza un lúcido monólogo digno del mejor sociólogo. Donde le argumenta a Manolo, silencioso éste en todo momento, que tras tanto proclamar la izquierda a los cuatro vientos, que los que robaban en España eran los “señoricos” y que Andalucía estaba tan atrasada a causa de que las políticas de izquierdas las tumbaban en Madrid los gobiernos de derechas, a él ya se le ha caído la venda. Que de siempre su familia había sido socialista; pero que tras ver cómo dejó el país “el de las cejas”, cambió su voto; y que ahora que se está descubriendo todo lo que han hecho en Andalucía, no se lo pensará para las próximas. Que quizá hayan cambiado de presidente los socialistas, pero que ha leído por ahí que lo hace para que no lo pillen y lo meta en el trullo esa jueza que los tiene bien puestos, y que si él fuera ella andaría con cuidado, porque aquí en Andalucía los bandoleros ya no van con caballo ni trabuco, sino con coche oficial y traje. Y que ya está bien de que haya tontos en esta tierra, que la política no es como el fútbol, del Madrid o del Barsa hasta la muerte; que lo que tienen que hacer los jóvenes es estudiar para que no los engañen; y si la educación no da resultado, entonces que la cambien; a no ser que no quieran porque así es más fácil de manejar al personal. Es curioso el discurso que se está marcando y en mi embeleso por prestarle atención, intentando éste buscar al camarero se ha percatado de que lo estaba escuchando, y ante su atenta mirada me dirige unas palabras: “Y usted, que me han dicho que es maestro, porque en un pueblo tan chico todos nos conocemos, luche porque los jóvenes salgan con una buena educación”. Ante lo que yo, orgulloso de sus palabras y ni corto ni perezoso, dirijo dos dedos de mi mano a mi frente, a modo de saludo y le respondo: “Amén”.



martes, 2 de abril de 2013

Educación para la Democracia



Todos los días, desde esos templos del saber que son las aulas de los centros docentes de nuestro país, los maestros y profesores nos dedicamos a enseñar a nuestros alumnos las grandes disciplinas académicas, que les servirán para estar bien preparados para cuando les llegue ese momento futuro en el que deban afrontar su vuelo libre en nuestra sociedad. Desde el primer día en el que se matriculan en esa nueva vida de aprendizaje continuo, son sus propias familias las que aceptan complementar en sus hijos la formación impartida en los hogares, con la de los contenidos de las diversas materias que forman el currículo académico, por medio de profesionales instruidos para tal fin. Ambas partes son igual de importantes en ese proceso de enseñanza y aprendizaje que es la vida diaria de cada joven, si la acción que lleve a cabo una de ambas no se ve complementada y/o fortalecida por la otra, más temprano que tarde llegarán a confrontar ambos ámbitos de enseñanza perjudicando al discente y al éxito de su futuro. Quizá este sea un terreno en el que la sociedad esté cada vez más concienciada, dado que los niveles de escolarización de los jóvenes en nuestro país son cercanos al 100% y semana tras semana podemos comprobar cómo los padres y madres de nuestros alumnos se interesan por la educación de sus hijos acudiendo a las reuniones de tutoría.

El problema surge cuando nuestros jóvenes aprendices, que absorben cual esponjas cualquier información que les rodea, ya sea por medio de su experiencia personal o por medio de los medios de comunicación; captan acciones perjudiciales para la sociedad democrática sin que nadie les advierta de que adoptar tales comportamientos en el futuro condicionará su vida de manera negativa, y por ende, será pernicioso para toda la sociedad. Me refiero concretamente a que no podemos dejar a nuestros jóvenes desamparados en una sociedad que se ha llegado a mostrar hasta orgullosa de aquellos individuos, tanto públicos como anónimos, que fueron o son capaces de enriquecerse por medio del fraude a la Administración Pública del Estado; o en una sociedad donde los representantes de los trabajadores no rechistaron ante la subida alarmante de parados, mientras los subvencionaron para alcanzar la paz social, pero que cuando el signo político cambió salieron en tromba contra el gobierno, como si no hubiera mañana; o en una sociedad donde se cuestiona, simplemente por acracia injustificada, cualquier poder público ya sea legislativo, ejecutivo y judicial amparándose en falacias tales, como que en democracia prevalecen los derechos del ciudadano, frente a las obligaciones sociales que éste deba tener, cuando todos sabemos que la sociabilidad se fundamenta en la equidad de ambos; o en una sociedad en la que por medio del señalamiento público se trate de amedrentar a cualquier persona, simplemente por pensar o tener una opinión distinta.

Ni el futuro de nuestros jóvenes, ni el futuro de nuestro país se merecen tan oscuro porvenir; sobre todo porque si hoy aceptamos estas actitudes, ¿hasta dónde no será capaz de llegar tal círculo vicioso de ignominia? Por tal razón, no es que nos competa solo a los centros educativos, o a las familias, o a los poderes fácticos, o a las instituciones legales comenzar a predicar por medio del ejemplo; sino que tal competencia debe ser asumida por toda la sociedad al unísono; dado que, solo así seremos capaces de hacer madurar a nuestra sociedad, otorgándoles a nuestros jóvenes una inquebrantable Educación para la Democracia.


miércoles, 20 de marzo de 2013

Hedonistas y procrastinados



¿Cuántas veces habremos oído esa típica expresión del “ahora me pongo con el trabajo... total, para cinco minutos”? Quizá la intención inicial de darse ese pequeño respiro para coger el aire suficiente que ayude a iniciar la tarea una vez transcurridos esos cinco minutos o para hallarle respuesta a los problemas surgidos en el proceso de realización de la misma, no sea del todo descabellada; pero la realidad, en múltiples ocasiones, es bien distinta. Se posterga la realización de dicha actividad, quedando relegada al montón de cosas por hacer, y siendo sustituida por otra tarea que produce más placer en el actante. Hace ya mucho tiempo la sabiduría de nuestro refranero aportó una sentencia que podía servir para combatir tal actitud, la ya archiconocida: “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”; pero es nuestra sociedad actual un hábitat hostil para la lírica, y mucho más para los refranes o la sabiduría popular; aunque sí para el “copy-paste” oportuno de frases “trendy” (reales o atribuidas a personajes célebres, algunas veces desconocidos para quien las toma prestadas) que sirvan para demostrar, en los muros de las redes sociales y ante los ojos del virtual respetable, que hubo un momento a lo largo del día que el usuario lo dedicó a reflexionar.

Lo cierto es que en nuestra sociedad son cada vez más los casos en lo que la procrastinación está presente en la vida cotidiana y desde más temprana edad; de hecho, en un estudio realizado sobre la jornada laboral en EEUU se ha demostrado que el 25% de dicha jornada es improductiva por tal causa. ¿De dónde proviene pues este hábito tan  perjudicial para los resultados? Si reflexionamos detalladamente podremos llegar a la conclusión de que siempre es más fácil dejar para más tarde aquellas tareas que nos son más tediosas, sustituyéndolas por aquellas más apetecibles. Mientras que el camino a la inversa es más dificultoso e incluso imposible de realizar; dado que en el tiempo programado para las placenteras, difícilmente nos pondremos a realizar aquellos trabajos que nos sean más costosos. Todo se reduce a una mala planificación de las tareas a llevar a cabo, en la relevancia de las mismas y en esencia, al no saber distinguir y mezclar, con resacosas consecuencias, tiempo de ocio con tiempo de trabajo. Todo se reduce a la falta de educación en hábitos de trabajo y compromiso con las tareas a llevar a cabo.

Y es que no podemos transmitir a nuestros jóvenes las virtudes del éxito duradero sin que sepan cómo poder alcanzarlo. Porque aunque constantemente estemos cada vez más imbuidos en ese círculo vicioso que atrapa a una inmensa mayoría en la danza macabra de la filosofía vital hedonista, donde se apuesta únicamente en la búsqueda del placer como razón de ser; no debemos olvidar que sustentar la felicidad en la búsqueda del placer, da lugar a un mayor índice de insatisfacción. Aunque también es verdad que no podemos caer en el error contrario de pensar que esta vida es solo un valle de lágrimas sin lugar para el disfrute. Tan perjudicial es un extremo, como el contrario. La virtud está en el justo medio. En ese medio que hace tener expectativas y saber valorarlas conforme a nuestras metas, incrementando con ello nuestra motivación y haciéndonos alcanzar una vida con más realidades que sueños, y con más éxito que fracasos y tareas por hacer.


miércoles, 28 de noviembre de 2012

Divino tesoro



No sé si por casualidad o por relación con la labor que desempeño, últimamente escucho en repetidas ocasiones, llegando incluso a contabilizarse varias al día, las típicas expresiones de que la juventud no sabe qué hacer, que vive del cuento, que no se halla comprometida, que no tiene metas, que no sabe buscarlas y no se esfuerza por alcanzarlas, que solo piensa en el ocio y en el disfrute momentáneo sin pensar en el presente o en las consecuencias de sus actos en el futuro. Hasta cierto punto llego a comprender que esta ristra de expresiones estereotipadas, relacionadas con la juventud, provengan, en determinados momentos, de ciertas personas. Sobre todo de aquellas que experimentaron tiempos en los que afloraban las oportunidades por doquier y que a su vez, tenían en su memoria más reciente extensos períodos de dificultades políticas, sociales o económicas; por ejemplo, aquella generación de la transición, momento en el que nuestra democracia comenzaba a dar sus primeros pasos.

Lo que es preocupante es que no sean aquellos jóvenes de la transición, hoy con treinta y siete años más a sus espaldas, quienes pronuncien esas expresiones, como si de un mantra tibetano se tratase, que los hay; sino que quienes rezan con determinado cántico son muchos de los jóvenes actuales. Juventud que, gracias a la época en la que nacieron, no les tocó vivir las dificultades de una guerra, de una postguerra, de un aislamiento internacional o de la ausencia de muchos derechos democráticos, y en definitiva, de la carencia de una juventud tal y como hoy la conocemos. Es preocupante que muchos jóvenes se cuestionen su propio progreso y desarrollo en tiempos de crisis; sobre todo, cuando se sabe que cualquier crisis es superable, y a día de hoy ya comienza a haber, aunque tímidos, indicios de que comenzamos a ver el final del túnel, pese a que nos falte aún trecho para alcanzar la salida definitiva. Es alarmante esta actitud porque permanecer en punto muerto, sin marcha alguna, supone que cuando el motor se ponga a funcionar, aún habrá personas esperando una señal para la salida.

La cuestión es, ¿por qué surge en estos muchachos la capacidad de cuestionarse su propio futuro dentro de la dificultad actual? Confieso que le he dado muchas vueltas a la misma, y siempre llego a idéntica conclusión: la educación recibida. No hablo aquí de educación reglada, compuesta por las diversas asignaturas de los currículos educativos; sino de la educación en valores, esa tantas veces olvidada y que tanto sirve para el gran examen de la vida. Esa educación en valores que se ha visto trastocada en momentos de bonanza económica, y que no supo ser transmitida, en determinados casos, a una generación que nació sin dificultades sociales y con gran parte del trabajo hecho. Una juventud que fue durante mucho tiempo mal informada con la idea de que tenía todos los derechos del mundo adquiridos; pero que en pocos casos aprendió que para que perduraran esos derechos, se requería de unas obligaciones que todos debían acometer.

Por eso, desde aquí, rompo una lanza a favor de la juventud actual, que tanto sufre y que en determinados momentos tan negro ve su futuro. El desánimo y la inactividad no solucionan ningún problema. Para tener un futuro siempre hay que marcarse una meta y proponerse alcanzarla. Quizá haya tormenta y oleaje en la travesía, pero cuando se tiene una brújula que marca bien el norte es difícil perderse. Quizá haya parte de la tripulación que aconseje abandonar y regresar a puerto, pero que sepas que todo esfuerzo siempre obtiene recompensa. Y quizá cuando llegues a puerto tengas descendencia; para los que te sucedan será el cuaderno de bitácora de tu viaje, donde les muestres cuáles fueron tus hazañas y cómo afrontaste las dificultades. Porque la lección que les legues será su más divino tesoro.