martes, 2 de junio de 2015

De Catalunya per l´Adrià



Bien parapetado por los calcetines y calzoncillos, que en un orden caótico se amontonaban en el segundo cajón de la mesita, se encontraba algo más arrugado, pero intacto en su existencia, el sobre que el joven Adrià custodiaba desde que la tarde del 20 de mayo, por su decimotercer cumpleaños, lo recibiera de manos de sus padres. Era un sobre con los colores de la senyera y una pegatina de una estrella azul que lo cerraba, en el que leyó al recibirlo: “De Catalunya per l´Adrià”. Él no entendía nada de lo que en el sobre ponía y de hecho bien poco le sorprendió, ya que se encontraba bastante acostumbrado a leer carteles citando a Catalunya parecidos por las calles de su Barcelona natal, escuchar enunciados semejantes en la televisión cuando se sintonizaba TV3 o en los pasillos y comentarios de boca de sus compañeros del instituto de su barrio de El Carmelo al que asistía ya por segundo año. Lo observó bien antes de abrirlo por si en él se encontraba alguna pista de lo que se ocultaba en su interior, lo sostuvo con el índice y el pulgar mientras lo ponía al trasluz de ese sol primaveral, por si se trasparentaba su interior.  -¡Espero que no sea más dinero!-, exclamó.  Ya que bien sabía por otras veces, que si se trataba de algún billete, más temprano que tarde se convertiría, por medio del arte de la persuasión de su madre, en alguna camisa o pantalón de vestir que según sus padres siempre tanta falta le hacían; pero que tan poco juego le daban. Él hubiera preferido cualquier cosa antes que abrir el sobre y encontrar en él algún billete de esos euros que tanto oía decir a los mayores que costaban ganar; por lo que antes de abrirlo gritó: “¡El deseo, necesito cambiar el deseo!” Todos se le quedaron mirando, sus abuelos, su padrino, los dos amigos del instituto que allí estaban y sus padres poco menos que se echaron a reír; pero él sabía lo que se hacía.

-¡Sí, quiero cambiar el deseo! Traedme la tarta, encended las velas y cantad cumpleaños feliz otra vez, entonces yo pido el deseo, las soplo y me dais el sobre.- les explicó. La cara de su padre en ese momento era un poema, ya que acababa de quitar las trece velas, quemándose en el proceso un dedo con la cera, y se preparaba ya para comenzar a partir la tarta después de marcar las partes de forma milimétrica para que no se desperdiciara ni una miga de la misma. -¡Vuelta a empezar!- exclamaron sus amigos del instituto, mientras uno de ellos abrazaba al pequeño Oriol que comenzaba ya a impacientarse ya que sabía que en los cumpleaños de su hermano, cuando sus padres le daban el regalo a su hermano mayor, él siempre terminaba pescando algo. Así que una vez preparada la tarta con todas sus velas encendidas y cantada la canción por todos, Adrià cerró bien fuerte sus ojos, cruzó todos los dedos de su cuerpo y deseó mientras soplaba, que lo que contuviera el sobre no fuera un billete. Tras el ritual, su padre volvió a darle de nuevo el sobre, esta vez con una colleja de complicidad incluida. Y su madre, que no sabía concretamente qué era el regalo añadió: “Ábrelo, venga, que nos tienes en ascuas. Y a ver si se te cumple el deseo”. Entonces Adrià, con los nervios a flor de piel y con todas las miradas de los allí presentes puestas en el movimiento de sus manos, levantó la pegatina de la estrella y abrió el sobre. De él sacó tres papeletas de las que leyó detenidamente “Athletic Club – FC Barcelona, Estadio Camp Nou, Barcelona 30 de mayo de 2015… ¡ENTRADAS PARA LA FINAL DE LA COPA DEL REY!” La quietud del instante estalló por los aires, el chico salió corriendo y agitando las entradas y el sobre mientras daba vueltas alrededor de los que allí estaban. “¡Tot el camp… es un clam…!”, gritaba entusiasmado. Era la primera vez que asistiría en su vida a un partido del Barça, su club de siempre. Y allí había tres entradas: una para él, otra para su padre… y sí, otra para el pequeño Oriol, que el día después de la Final tomaría su primera comunión y que aunque su padre no estaba muy por la labor del acto religioso, sí tenía ganas también de que no olvidara aquella fecha. Todos reían al ver a los dos hermanos abrazarse y correr hacia su cuarto para buscar las camisetas que tenían del Barcelona. Mientras, la madre le preguntó a su marido si no sería un partido peligroso para llevar a los niños, a lo que le contestó que eran dos aficiones que se llevaban bien y que sería una oportunidad para que los chicos aprendieran de verdad qué era aquel ambiente, que era una ocasión irrepetible y que no se les olvidaría en la vida.

Volvió Adrià a revisar antes de acostarse que el sobre se hallaba escondido en el lugar en el que siempre había estado. Al día siguiente era el gran día y no podía perderlo. Aquella noche soñó con Messi, Xavi, Iniesta, Piqué y con otros jugadores que había oído nombrar y que recordaba vagamente; pero que ya no estaban en el equipo como Ronaldinho, Eto´o, Henry, Villa, Valdés o Puyol… Era el equipo de su vida, aquel al que se había aficionado a partir del año 2009, el año del sextete. Y era además el equipo donde jugaban los que para él eran sus héroes, aquellos que además de los títulos del club habían conseguido las dos Eurocopas y el Mundial, sobre todo él tenía afición por Xavi y por Iniesta… no lo podía ocultar y sus camisetas bien lo indicaban, todas las que tenía llevaban uno u otro nombre a la espalda. Amaneció y ya supo con los primeros rayos del sol que aquel día sería un día grande. Su hermano estaba también impaciente y entre regates y juegos llegó rápida la hora de prepararse para ir al partido. Lo tenía bien claro Adrià, se metió en su cuarto como un conejo en su madriguera, removió los cajones y salió gritando: ¡Vámonos ya! Apareciendo en el salón de su casa enfundado con la camiseta que firmada por Iniesta, guardaba como oro en paño. Una camiseta que le regaló su tío del pueblo cuando fueron el año del Mundial a veranear con la familia de su madre a Villamalea; una camiseta de la Selección española de fútbol. Su padre giró la cabeza, lo miró de arriba abajo, frunció el ceño y le contestó: “Tú, así, no vienes”. La mirada y el tono de las palabras de su padre no dejaban lugar a réplica; pero Adrià no lo comprendía, por lo que le exclamó: “Pare; ¡però si és la del Iniesta!”.  –Tens raó Adrià; però avui toca anar amb la del Barça- contestó su padre, mientras sacaba tres camisetas de una bolsa. Eran las de la equipación del Barça con los colores de la senyera, esas que no le gustaban nada a su madre porque en ellas se mezclaban política y deporte; pero que aquella noche no se atrevió a decir nada por no aguar la fiesta a sus hijos con otra discusión más con su marido por motivos de política.

Llegaron a las inmediaciones del Camp Nou, todo estaba lleno de miles de personas con camisetas de ambos clubes y banderas. El ambiente era festivo y las luces y música tenían encandilados a Adrià y Oriol que, con paso entrecortado y mirando hacia todos lados, iban de la mano de su padre para no perderse entre tanta gente. Se aproximaron a la entrada por las que a ellos les tocaba acceder al estadio y entonces, antes de ello un señor, con una barretina y una bandera al cuello les llamó la atención a los chiquillos. -¡Tomad estos dos silbatos!- les dijo mientras se los colocaba al cuello a ambos y le daba otro al padre guiñándole el ojo. Entraron al estadio, la intensidad de los focos los deslumbraron y que ya estuviese casi lleno les sobrecogió. Quedaba poco para que saltaran ambos equipos, de hecho debido al atasco se habían perdido el calentamiento. Entonces, avisaron algo por megafonía, salieron ambos equipos que se colocaron para los saludos iniciales y comenzó a sonar el himno de España, ese himno que tanto recordaba Adrià de tantas veces como había visto el DVD de la Final del Mundial de 2010, ese que sonaba cada vez que ganaban los hermanos Gasol, Marc Márquez, Rafa Nadal… Entonces llegó el estruendo ensordecedor. Toda la gente se puso a hacer sonar sus silbatos, a pitar, gritar, insultar y él, asombrado, miró a su padre que entre sus labios sostenía el silbato que le habían dado en la entrada haciéndolo sonar mientras hacía cortes de manga efusivamente en dirección a alguien a lo lejos y a su lado su hermano pequeño imitaba sin saber todo lo que hacía su progenitor. Terminaron los silbidos y Adrià le preguntó a éste sorprendido: “Papá, ¿por qué ha silbado la gente?” –Hijo mío- le contestó su padre-, porque nosotros odiamos a España.


miércoles, 27 de mayo de 2015

Una opinión más



En estos días de tormenta y crisis en los partidos tradicionales, y concretamente en el Partido Popular, la propia situación surgida de las urnas del pasado 24 de mayo está dando lugar a algunas acciones que, apresuradas, están haciendo mover la silla e incluso los cimientos de este partido. Quienes me conocéis sabéis que nunca he sido partidario de las Revoluciones a golpe de ira y fuego; por lo que desde mi sosegada actitud  voy a analizar las consecuencias para llegar a comprender la situación.

Partamos desde el que para mí es el comienzo de todo, el año electoral de 2011. Muchos no se acordarán bien; pero es el año del famoso 15M y del casi rescate de España por parte de la Troika que dio lugar al adelanto electoral del Presidente Zapatero.

No comprender bien estos dos hechos dio lugar, en primera instancia, a que el propio gobierno del Presidente Rodríguez Zapatero no pudiera aguantar las riendas del sector más a la izquierda del PSOE. Por lo que quienes con su abstención en la investidura de 2008 se desligaron del, por aquel entonces, Presidente del Gobierno, para posicionarse ya en 2011 a favor de ese viento de indignación del 15M, con el fin de obtener en un futuro y de cara a unos próximos comicios, rédito a favor de sus propios intereses. Y por otro lado es curioso cómo la oposición por aquel entonces, el Partido Popular, no supo gestionar la situación todo lo que hubiera debido. Y a gestionar la situación me refiero tanto a explicar bien lo que se estaba haciendo (o no haciendo) desde el gobierno socialista, como conectar más con la calle, dejando que el movimiento 15M fuera el germen de la izquierda más radical. ¿Acaso no era toda la sociedad la que por aquel entonces debería de haber estado indignada? Efectivamente, ¡sí lo era!; tanto la que se manifestaba en Sol, como la que reflexionaba de forma más silenciosa y menos asamblearia.

El aluvión de votos que se le venía encima al Partido Popular en las subsiguientes elecciones era una evidencia, por lo que no interpretar bien esos resultados y dejarse llevar por los bonitos resultados podía dar lugar a una pérdida sustancial de confianza en el partido, tal y como ha ocurrido en los últimos comicios.  Y es que hay que tener en cuenta que el aumento de votantes que comenzó en las elecciones locales y regionales de 2011 y que se consolidó en las nacionales del mismo año se debió, además del voto propio, a la movilización del voto que tradicionalmente era abstencionista dentro del arco ideológico del centro-derecha, al voto de castigo del centro-izquierda hacia el socialismo y al votante indeciso de última hora que confió en la gestión popular. Por ello podemos llegar a la conclusión de que muchos de los votos obtenidos, eran votos que podríamos denominar "prestados" o "volátiles".

Una vez llegado al Gobierno con una amplia mayoría absoluta, y tras encontrarse con la mil veces mentada "herencia recibida", así como tras sortear la intervención del Estado (otra vez más) y solicitar el rescate bancario. Se llevó a cabo una política económica de emergencia nacional no aprovechándose la ocasión de ser explicada por extenso y detalladamente, a todos los niveles y a todas las esferas de la sociedad y mostrando una empatía necesaria para un momento tan difícil. Este primer error de falta de comunicación dio lugar a que, junto con la mecha encendida el 15M, surgiera un run-run en los sectores críticos que sirvió para desarrollar el argumento de que el Gobierno no cumplía con el programa electoral. Otro error más achacable al hecho de, en algunos instantes, no se actuó con el sosiego necesario para buscar la solución más conciliadora y clara de entender para la ciudadanía.

Y entonces llegó 2013 y se destapó la corrupción. Surgió Bárcenas con sus papeles y demás casos en los que a distinto nivel se vio manchada la credibilidad del partido, tanto entre sus propios votantes, como en la sociedad (ya crítica de por sí con las medidas económicas, tanto coyunturales como estructurales, llevadas a cabo). El seísmo afectó a la comunicación interna y se perdió la credibilidad hacia algunos actantes imprescindibles dentro del partido, hecho que afectó negativamente de cara a la opinión pública por no actuarse con celeridad y de manera categórica justo en el momento en el que saltó el escándalo. Otra oportunidad más para alimentar a la oposición y no ya sólo a la del hemiciclo; sino también a esa que había nacido en 2011 al calor del 15M y que ya por aquel tiempo tenía coleta y se movía como pez en el agua entre gatos nocturnos y matinales tertulianos.

Se aproximaban las elecciones, quedaba casi un año y la situación no es que llegara a ser insostenible; pero la ansiedad se podía notar en el ambiente. En ese ambiente enrarecido se intentó buscar contra corriente al votante de cuna (a ese que entiende la política como si de un equipo de fútbol se tratase), haciendo oídos sordos al cada vez mayor hastío de propios y extraños por el noble arte de la política, herida casi de muerte por la inmundicia de la corrupción y generalizada en el imaginario social bajo la etiqueta de "la casta". Se propusieron, aprovechando la mayoría absoluta, desarrollar leyes que contentaran a ese llamado sector duro del partido sin tener en cuenta las movilizaciones de todos los ámbitos, no solo de la oposición (que cada vez iba tomando más músculo tras el varapalo electoral de 2011 y ese vagar por el desierto del casi ostracismo político), sino también de ciertos sectores internos del partido, de votantes circunstanciales y "prestados" y cómo no, de los que antes no podían; pero que dadas las circunstancias se vieron con la oportunidad, la preparación y la confianza suficiente para creer que podían... y claro que pudieron. En democracia todo se puede, y gracias.

Y llegó 2015 y el tiempo echado encima. O se estaba ya preparado para la representación o tocaba estudiar a marchas forzadas el papel para no suspender la función. Nuevos partidos, conocedores de las debilidades ajenas y fortalezas propias habían surgido en el teatro de operaciones. Y a todo lo dicho anteriormente en el desarrollo cronológico explicado, se le unió la ausencia de una marcada estrategia política de comunicación y de formación común para llegar al ciudadano más inmediato en las elecciones más importantes: las autonómicas y municipales. Llegaron los resultados y el choque con el muro de la realidad es el que ha sido.

Por ello, a partir de ahora no queda sólo reflexionar y lamentarse; sino pasar a la acción. Es el momento de apostar por el futuro, la renovación, con tiempo, con serenidad, con la ciudadanía, con el afiliado, con el votante, desde la minoría hacia la mayoría. Tal y como ha hecho cualquier ente en tiempos de cambio: reflexionar sobre los pros y los contras y llevar a cabo lo más beneficioso. No es que sea el momento de los pactos de manera perentoria; sino que esa capacidad de pacto y de consenso no se debería perder nunca en Democracia. Sólo cuando la ciudadanía se sabe partícipe de la toma de decisiones que le benefician, se halla con la capacidad suficiente para dar su confianza a aquel que le expone mejor su argumentación acerca  de la realidad y sus propuestas de futuro. La comunicación es la base de la "sociedad de la paninformación" en la que nos encontramos. No haberse dado cuenta antes de esto es un error subsanable, no querer darse cuenta a partir de ahora es un suicidio.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

La torre de PISA


Confieso que me fascina la velocidad a la que se ruborizan ciertos rostros. A qué nivel de indignación pueden llegar a apretar ciertos puños. O en cuántas miríadas de jirones rasgan sus simbólicas vestiduras muchos de los que sin ser expertos en materia educativa, y no estar ni de cerca emparentados con ella ni con los quehaceres diarios que dicho trabajo precisa, son capaces de opinar sobre el tema, cada vez que al cumplirse el tercer año se hacen públicos los resultados de las pruebas PISA que la OCDE se encarga de realizar a estudiantes de 15 años y que sirven para comprobar el nivel educativo de los países que pertenecen a la citada organización. Es verdad que es de sobra conocido que en nuestro país, aficionados desde tiempo remoto a ese gusto por el ágora y el dictamen, cual modernos cicerones. Cualquiera con una mínima capacidad de elocuencia y don de gentes, es capaz de hacerle ver a esa masa ávida de fervor, que el asno al que acaba de incrustar la flauta en el hocico, con cada musical rebuzno, se halla a la altura del virtuosismo más absoluto. Podemos ver entonces, como incluso apoyados en la barra del bar más cercano son capaces de hacer un alto en su carajillo mañanero, apartar el fútbol o el chanchullo del curro por unos instantes, para dedicarle unas áureas palabras -mirada de soslayo y guiño al respetable incluido, ellos se lo pueden permitir- a esos problemas que atañen al presente y futuro de la Educación.

Entonces, cual altos miembros del peripato, dan comienzo a la summa retahíla de sus propuestas educativas, muchas de ellas de naturaleza empírica y otras tantas recordadas de alguien que alguna vez salió en la tele a la hora de la comida, hablando del tema. “Un buen reglazo de madera en el cogote, como en mis tiempos”… “Más horas de clase. Sábados y julio cogía yo”… “Muchas vacaciones y sueldo fijo tienen esos maestros”… “Con lo que dice mi niño que aprendía con el ordenador que le regalaron y que vendió eBay, porque el maestro ya no lo utilizaba”… y otros tantos programas electorales de bodega, que de cumplirse, más de un ateo se persignaría temiendo el fin del mundo a la vuelta de la esquina. Pero no nos vayamos tan lejos, crucemos de acera y acerquémonos a aquellos que con su discurso y desde su escaño democráticamente obtenido, presentan propuestas ideológicas sobre lo que para ellos es prioritario para la educación de nuestros jóvenes. “La Religión debe salir de las aulas, porque eso es adoctrinamiento”… “Hay que españolizar regiones”… “La lengua regional es la única lengua vehicular del ‘pseudoestado’”… “Los colegios concertados son guetos elitistas”… y otras tantas lindezas que ruborizan a los que sí estamos emparentados directa o indirectamente con la educación, por la simple razón de comprender que esos discursos no sirven para afrontar el verdadero problema de la educación en España y que tan mal se refleja en los resultados PISA de Matemáticas, comprensión lectora y conocimiento científico.

Es cierto que el actual Gobierno ha acometido una reforma necesaria de la Ley, que busca la mejora educativa fijándose en otros modelos análogos de países con altos resultados. El problema añadido a tener en cuenta, además del consabido de la demora temporal con la que se obtienen resultados, es que la cultura del esfuerzo de dichos países no es trasladable a nuestra nación de un día para otro. Además, no debemos olvidar la ausencia de compromiso, seguimiento y poca exigencia en el ámbito de algunas familias, o la más escalofriante percepción de que algunos individuos no les dan importancia a la educación ni al educador en el futuro de la sociedad, y que añadidos a las diferencias socioeconómicas, demuestran que en los hogares donde se atesora más saber, se suelen obtener mejores resultados. Por lo tanto, hay que ser consecuentes con las reformas que se realizan a largo plazo, incluir a los expertos en la materia para acometerlas, tener altura de miras y paciencia con los resultados, mirar al futuro de una nación a los ojos y no solo a la ideología afín. Porque lo peor que nos podrá pasar no será que los indicadores en las tres citadas materias no remonten, sino que no seremos capaces de cumplir con la estrategia firmada con Europa en Educación, por la que España y demás países deben alcanzar unos objetivos para 2020 y además nos encontraremos con una generación mal preparada y no competitiva de cara al mercado laboral, una vez que nuestro país salga de la crisis.



miércoles, 20 de noviembre de 2013

La langosta mariachi


Graciosa es siempre esa actitud de pérdida del norte y hasta del buen gusto, en aquellas personas que tras estar acostumbradas a transitar por el valle tortuoso de las cornadas que da la vida, ésta, casi como por arte del birlibirloque, hace mudanza en su costumbre virando hacia la más áurea de las dichas. Quizá no nos acordemos ya tanto de aquellos nuevos ricos que, tras el boom del ladrillo, pulularon por nuestra geografía desfilando en fastuosos coches provistos de más extras que los utilizados en la escena del funeral de la película Gandhi, o de aquellos que construyeron palacios repletos de innumerables habitaciones vacías de sentimientos y llenas de deudas al por mayor, o de aquellos otros que a la hora de pagar, si es que lo hacían, mostraban “fajazo” de billetes al canto en un acto de poderío sin parangón. La pérdida del llamado “buen gusto” en ellos se demostraba en el hecho de la falta de costumbre a la constante posesión del vil metal entre sus manos. Tanto tuvieron, con tanta mala arte lo crearon y en tan breve espacio de tiempo lo amasaron, que en cuatro días se lo fundieron.

Para este tipo de actitud me vale el ejemplo de aquel momento inmortal de un episodio de los Simpson –sé que los que me conocéis, ahora os estaréis preguntando cómo he tardado tanto tiempo en hacer una intertextualidad a un momento de tan gran serie de animación en mi blog…– en el que Moe Szyslak, perpetuo corazón solitario y desafortunado en los amores, encuentra una señorita con la que compartir su día a día. El amor llega a la taberna del bueno de Moe, y en su falta de costumbre en el arte del amor decide encandilar a la joven con joyas y viajes; llegando incluso a, en un arrebato por agasajarla con la mayor exclusividad conocida, invitarla a cenar pidiéndole como ágape al garçon (el restaurante es de postín) que les sirva el mejor plato relleno del segundo mejor plato, o sea: langosta rellena de tacos. Actitudes absurdas, pero que reflejan la falta de educación en la gestión responsable de la riqueza y de los sentimientos a los que uno se encuentra poco acostumbrado. Pero no seré yo el que sancione su actitud, lo malos que fueron o lo rápido que lo malgastaron; como liberal convencido siempre he sido de la opinión de que todo aquel que se funde una fortuna, ya sea quemándola, está en su libertad de elegir lo que quiere hacer con su riqueza personal y con su futuro. El problema surge cuando el dinero no es de origen privado, no es fruto del azar ni de la burbuja creada para tal efecto; sino que se trata del dinero de todos aquellos que, religiosamente, pagamos nuestros impuestos para sostener todo el entramado social que da lugar al bienestar de nuestra nación. Me refiero concretamente al dinero público en esencia, y no en potencia (al dinero defraudado a Hacienda ya me referiré en otro momento), ese dinero que sale de las arcas públicas presupuestado en partidas destinadas a cuestiones diversas, ese mismo que fue contemplado por muchos como dinero sin dueño, por el simple hecho de tratarse de dinero público, ese mismo, en definitiva, que ha demostrado haber sido saqueado por sus destinatarios en una maniobra de alta ingeniería financiera para almacenarlo bien calentito bajo sus huecos colchones.

Ahora bien, lo que sí que pasaré a criticar es la actitud que, día tras día y gracias a la labor de investigación de jueces, fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y periodistas independientes, han demostrado haber llevado a cabo aquellos que llenaron sus arcas a golpe de subvención para alcanzar la paz social y lograr ese silencio de la calle tan necesario para aquel gobierno, que conocedor del hundimiento económico, irresponsablemente no hizo nada para atajarlo. Aquellos que en connivencia con la mentira, justificaron el gasto de los fondos públicos “cocinando a la carta” facturas de langostinos, esos mismos que justificaron las copas y el picoteo de la Feria de Abril como “trabajo”, estos mismos que hoy se demuestra que exportaron su negocio de formación a países de Centroamérica para cargarle a la Junta de Andalucía viajes de placer, alcohol, mariscadas… ¡y hasta mariachis! con el fin de fomentar la «Integración y Fortalecimiento Sindical en Centroamérica y El Caribe». Una suntuosa joya pagada con el dinero de aquel parado que espera en la cola de la oficina de empleo más cercana.



miércoles, 13 de noviembre de 2013

El reinado de la improvisación


A lo largo de nuestra vida, solemos ponernos metas a alcanzar de manera consciente o inconsciente; así podemos ver como el simple hecho del crecimiento lleva al ser humano, desde estados iniciales de su existencia, a lograr destrezas como hablar, andar, leer, escribir o poseer las capacidades psicomotrices con las que luego llevar a cabo el desarrollo de un largo etcétera de tareas que le servirán para desarrollar su intelecto conforme se vayan sucediendo los años de su existencia. La gran mayoría de nosotros quizá no recordemos el momento inicial en el que adquirimos por vez primera algunas de las citadas destrezas; pero el hecho de que muchos de nosotros llegáramos a perfeccionarlas y a hacer evolucionar su nivel de uso se debe al simple hecho de haber comenzado por repetir el acto hasta la actualidad. Valga el ejemplo de atarse los cordones; acto que en teoría todo adulto debería poder realizar sin esfuerzo una vez aprendido. Somos capaces de llegar a hacer el mismo nudo, de manera perfecta e incluso con los ojos cerrados, por el simple hecho de que lo llevamos repitiendo desde el primer momento en el que lo logramos hacer bien; y de hecho, lo hemos ido mejorando conforme las repeticiones se han ido sucediendo. De no ser así, a día de hoy nos sería prácticamente imposible hacerlo con éxito.

El aprendizaje afianzado en la repetición de secuencias, en los momentos iniciales del ser humano, es algo que complementa a sus aprendizajes cognitivo e instintivo. Pero el proceso de enseñanza y aprendizaje de diversos contenidos, cuando el ser humano es más adulto cambia; o mejor dicho, se ve complementado por el desarrollo del entendimiento y la capacidad analítica del mismo que le puede llevar incluso a innovar acerca de los contenidos aprendidos. Por lo tanto, las metodologías y las secuencias de aprendizaje utilizadas por quienes se encargan de dicho proceso de enseñanza se deben preparar con antelación, previendo cuál va a ser el destinatario, su nivel de destreza y qué metas se quieren alcanzar. Este proceso les será muy familiar a todos los que se dedican a la enseñanza en el nivel que sea. La labor de hacer una “programación didáctica” es algo que todo docente está obligado a realizar antes del inicio del curso, acompañado de estudios previos acerca del alumnado. Pero siempre se tendrá que revisar y anotar la evolución de su alumnado, así como la relación entre lo programado y lo alcanzado, para que en momento en el que se crea oportuno realizar los cambios pertinentes, en base a los resultados obtenidos. En resumidas cuentas, dado que la empresa es importante: educar al futuro de una nación, no se puede dejar nada a la trivial improvisación.

Por otra parte, es verdad que una vez alcanzado el nivel excelente de dominio de una destreza se puede llegar a innovar sobre la misma aplicando la improvisación en su desarrollo, y así tenemos los ejemplos en la música o en las artes escénicas. Pero tiene que quedar esto bien claro, el nivel de dominio de la destreza debe ser excelente, rozar la perfección sino superarla, para que en el momento en el que se aplique la improvisación dé como resultado una verdadera obra de arte. El problema se da cuando el que ejecuta sus actos, creyéndose experto en su destreza, por el simple hecho de tener una posición privilegiada a la hora de tomar las decisiones, las toma sin atender a las consecuencias, sin tener en cuenta los estudios previos de otros expertos en la materia y sin revisar las programaciones que deben servirle de guía para que la consecuencia de sus actos sea el éxito; entonces, entra en una espiral de toma de decisiones erróneas, sobre las que deberá regresar cada vez que se demuestre que son desacertadas, para rectificar sobre ellas, haciendo perder un tiempo valioso al alcance del éxito de las buenas ideas. Es lo que comúnmente califico como “actos embrague”, aquellos en los que el sujeto primero mete la pata, para acto seguido proceder a realizar los cambios pertinentes, con toda la pérdida de ese valioso tiempo que muchas veces va en contra y de ese reconocimiento público que tantas veces cuesta ganar.



miércoles, 6 de noviembre de 2013

¿Erasmus o Robertus?


Toda la vida buscando el mapa del tesoro, sin darnos cuenta de que nosotros mismos somos el verdadero cofre que atesora todas las grandes riquezas de la vida. Podría ser esta una sentencia que resumiera el momento de crisis, cambio y pérdida de rumbo por el que pasa nuestra sociedad; ese instante tras el terremoto en el que nos encontramos, medio aturdidos por el temblor y expectantes ante una posible nueva sacudida; dominante del afán manifiesto por encontrar un tablón salvavidas en medio de nuestra tempestad generacional, que nos impide mirar más allá de nuestros propios pies. Es cierto que hemos pasado por momentos difíciles; pero no menos arduos fueron aquellos que superaron muchos de nuestros antepasados; sí, aquellos ancestros cuyas historias, biografías y hazañas se encuentran en libros mohosos de olvidadas bibliotecas, o en la más “trendy” de las enciclopedias virtuales esperando a que hagamos clic sobre su hipervínculo.

Siempre he sido de la opinión, como exponía hace ya unas cuantas semanas, que el verdadero progreso del ser humano se debe a la perfecta combinación de los conceptos de “tradición” y “renovación” en cualquier ámbito de su existencia. Y como máximo ejemplo de ello, válgame una de las épocas de máximo esplendor de Occidente, ese periodo escrito con letras de oro en nuestra historia y que trajo la luz a las tinieblas del Antiguo Continente. Me estoy refiriendo, cómo no, al Renacimiento. Tras la desaparición de Roma como Imperio y la división del mismo en las diversas provincias que lo formaban, todas ellas corrieron una suerte desigual bajo la batuta de una dificultosa condición vital pródiga en guerras, miserias y ausencia de saber, amalgamada a su vez por un sistema político feudal, que dejaba poco margen de libertad a la sociedad medieval. Quizá más de uno, desde la óptica actual reniegue de lo malos, y hasta “medievofascistas”, que podían llegar a ser los estadistas de aquella época; pero lo que no sabrán es que para aquel periodo histórico no había otra opción posible; parafraseando a un eslogan, que muchas veces parece algo coetáneo de aquel tiempo: “Feudalismo o muerte”. Occidente lo tenía crudo, tanto las invasiones de los pueblos del Norte, como las que llegaban desde Asia propiciaban que la mano dura imperara por una simple cuestión de supervivencia, dando tiempo a que los nuevos estados resultantes adquirieran una individualidad nacional desde la que comenzar a andar hacia la modernidad. Cuando esa calma llegó y los grandes males pasaron, tuvimos la suerte como civilización de encontrarnos con unos jóvenes humanistas altamente preparados para la ocasión, hombres que con su esfuerzo supieron dotar de un brillo más intenso que el de la propia electricidad, a esa sociedad que tanto lo necesitaba. Hombres que regresaron a esos textos preservados en las bibliotecas monasteriales, para revitalizar la cultura clásica de la antigüedad grecolatina; jóvenes que apostaron por una concepción ideal y real de las ciencias y que además ubicaron al propio ser humano como medida de todas las cosas. Alumbrando con ello el concepto del “hombre del renacimiento”, libre de las cargas del pasado; pero con la experiencia suficiente, gracias a su preparación académica e inquietudes vitales, para poder extraer de aquel remoto pasado todo lo beneficioso que en él hubiera, y poder así construir su futuro.

Con el propósito de “mejorar la calidad y fortalecer la dimensión europea de la enseñanza superior fomentando la cooperación transnacional entre universidades, estimulando la movilidad en Europa y mejorando la transparencia y el pleno reconocimiento académico de los estudios y cualificaciones en toda la Unión” nació el programa ERASMUS que llevaba el nombre de uno de aquellos jóvenes, Erasmo de Rotterdam. Pero con el paso del tiempo, muchos de sus beneficiarios creyeron ver en dicho plan una oportunidad áurea para convalidar en el extranjero aquellas asignaturas-hueso de sus carreras, por otras menos dificultosas de su destino, o incluso enriquecer su conocimiento en rituales festivos europeos a niveles de “summa cum laude”. El problema es que en estos días, movido por el afán de garantizar que la aportación llegue a los estudiantes con más bajos ingresos, el Ministro Wert ha condicionado dicha beca al hecho de haber sido beneficiario de una ayuda general universitaria el curso pasado, perjudicando a los alumnos no becados el año anterior debido al carácter retroactivo de la medida y rectificando horas más tarde ante la presión y el revuelo ocasionado. Siempre he sido partidario de explicar bien las cosas, más y cuando tras un ajuste correcto de las becas se podrían ofrecer 250€ a los Erasmus que más lo necesitan, en vez de dar 38€ a todos, lo necesiten o no. No seré yo quien acuse a todo aquel que, en vez de aprovechar su Erasmus para formarse, se la dilapidó ejerciendo de Robertus en tierras extrañas. Hoy más que nunca nos encontramos con esa necesidad imperiosa de individuos altamente preparados y comprometidos para comenzar a andar hacia el futuro. Los tiempos son igual de difíciles, y volvemos a ser conscientes de que no solo las modas vuelven; sino que todo aquel tiempo que desperdiciamos en bagatelas y ocio, además, se nos vuelve en contra. Es el momento de mirar hacia el pasado y aprender de los errores… y los aciertos.



miércoles, 23 de octubre de 2013

La educación que damos


Muchas veces me han preguntado sobre cuál fue la causa que propició que decidiera dedicar mi vida laboral a la docencia de adolescentes en un instituto de Enseñanza Secundaria. Siempre he respondido lo mismo: “La bendita culpa fue de mis padres y mis maestros”. He de confesar que desde que tengo conocimiento, me he visto como una persona muy inquieta e interesada en conocer y descubrir cosas nuevas, no importaba la materia que fuera, la meta a alcanzar era aprender. Recuerdo con especial nostalgia todos aquellos momentos, duros y menos duros, en los que sentado en mi pupitre de Maristas, del Chabas o del Trevenque, ejercía mi labor como alumno, entusiasmado por la capacidad que tenían mis maestros y profesores para transmitir todo el conocimiento que su experiencia atesoraba. Es cierto también que no todos los momentos fueron igual de fáciles; pero sí es verdad que siempre pudieron encontrar en mí a un alumno comprometido y respetuoso con la labor que ellos desempeñaban.

En este instante entró en escena otro de los elementos primordiales en la educación de todo joven, la familia. Sin los valores que me inculcaron mis padres desde el primer momento, sé que nada de esto habría sido posible. Analizar su labor como educadores ha sido para mí siempre algo bastante curioso, sobre todo porque siendo novatos en el tema y dejando a un lado manuales, pedagogía y modas educativas, supieron transmitirme un alto nivel de valores humanos y sociales que siguen tan frescos como el primer día; y ahí viene mi sorpresa, sin ningún grito, ni mala palabra, ni amenazas; al contrario, desde el primer día diálogo y explicaciones constantes. Como muchas veces decía mi madre: “A un niño pequeño no hay que amenazarle para que se comporte de una determinada forma, porque tarde o temprano querrá rebelarse; sino que hay que hacerle comprender cuáles son las consecuencias, buenas y malas, de sus actos”. Pero su labor no se queda ahí, su implicación e interés en mi desarrollo académico era patente. Reuniones, tutorías, charlas con otros padres, con profesores, con amigos míos hacía que la labor educativa que desempeñaban en casa tuviera su eco en clase, retroalimentándose hasta engranar la maquinaria de mi vida. Y entonces pasaron los años y hubo que elegir hacia dónde dirigir mi futuro, en el que poco a poco aparecieron inquietudes como la capacidad de servicio público, siempre he creído que no hay mayor satisfacción para una persona que ayudar a mejorar a la sociedad desde tu propio puesto de trabajo. A ésta se unieron el gusto por los contenidos históricos, artísticos y comunicativos que propiciaban el estudio de las asignaturas de Letras. Además aparecieron en mi camino profesores que me enseñaron, que aunque tenían una asignatura donde mis gustos podían verse contentados, su alto nivel de exigencia y justicia para el trabajo de la materia que impartían, la hacía a su vez más atractiva. El siguiente paso era fácil, marcar la meta a alcanzar y luchar por ella. Ahora bien, tuve que atravesar unos años universitarios en los que, aunque excelentes; por fallos en el planteamiento del sistema de formación del personal laboral docente en España, no se instruía al alumnado en labores docentes; sino en labores académicas de investigación sobre la Lengua castellana y su Literatura. Esto pudo hacerme flaquear en algunos momentos; pero lo bueno es que la motivación por desempeñar en un futuro la labor de profesor contrarrestaban los altibajos. El viaje hacia la meta se completaba con un año del curso para la obtención del Certificado de Aptitud Pedagógica (actual Máster), las por algunos temidas oposiciones, y por fin la llegada al instituto.

Llegar a tocar la campana de la meta. Saber que vas a poder desempeñar la responsable labor de educar al futuro de una nación, es una satisfacción inconmensurable. El problema es que entonces, en ese preciso instante de felicidad desatada, uno se encuentra con gente desmotivada, alumnos que no ven que sus inquietudes se satisfagan, docentes que no encuentran más estímulo que el de poseer un sueldo fijo a fin de mes, familias que no se implican en la educación académica de sus hijos e índices de fracaso escolar, absentismo y abandono que harían a más de uno tirarse de los pelos. Entonces, en ese preciso instante te miras al espejo del pasado y recuerdas, en tu ausencia de experiencia docente, querer ser ese profesor ideal que hizo que tú te interesaras por su asignatura, haciéndole comprender a todos los alumnos cuáles son las consecuencias de una buena educación.