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lunes, 30 de diciembre de 2019

España adormecida, defiende bien tu patria


España adormecida,
defiende bien tu patria.

Te quieren en silencio,
que no protestes nada.
Que calles su delito
y les vendas el alma.

España adormecida,
defiende bien tu patria.

Cansada y sin bandera
crispada y sin tus armas.
Aplaude, baila, brega.
Grita cuanto te mandan.

España adormecida,
defiende bien tu patria.

Que te digan que tienes
un Rey con Democracia,
porque ellos bien manejan
a quien no tiene nada.

España adormecida,
defiende bien tu patria.

Si hablas, porque hablas.
Si callas, porque callas.
Si piensas lo contrario,
espera su avalancha.

España adormecida,
defiende bien tu patria.

Tu historia te precede,
el alto honor te avala.
No creas los complejos
de quien sin honra habla

España adormecida,
defiende bien tu patria.

Busca a tu compañero,
dialoga con él, habla.
Y une lo que dividen
para ocasión tan alta.

España adormecida,
defiende bien tu patria.

No caigas en violencia,
no sigas su jugada.
Sé listo, astuto y vence
con actos y palabras.

España adormecida,
defiende bien tu patria.

Expón tus argumentos,
repica las campanas.
No albergues en ti miedo,
ni temas amenazas.

España adormecida,
defiende bien tu patria.

Por pueblos y ciudades,
por valles y montañas.
En donde estemos todos
y en las zonas vaciadas.

España adormecida,
defiende bien tu patria.

Hileras de hombres pobres,
mujeres enlutadas,
persiguen libres sueños,
derechos sin desgana.

España adormecida,
defiende bien tu patria.

Regresan a la esencia,
ilusión no les falta.
Que mucho no precisan
para gritar: “¡YA BASTA!”

España adormecida,
¡levántate y anda!



miércoles, 19 de junio de 2013

Un mundo más cercano


Aún recuerdo aquel instante preciso cuando, rondando yo esa edad que sirve de tránsito de la educación primaria a la secundaria, descubrí que en nuestro país hubo una época pretérita, y no tan lejana de mi presente, en el que la posibilidad de reunirse libremente en medio de la calle o conversar de manera distendida con cualquiera, acerca del tema que su libre albedrío eligiese, estaba prohibido. Puedo rememorar las preguntas que pude formularle a mi profesor en Maristas y a mis padres al llegar a casa en el momento en el que descubrí aquello; y puedo traer a mi presente más inmediato esa inquietud al desvelárseme, en ambos casos, que la causa de aquella falta de actividades que yo veía normales y justas, y que practicaba de forma diaria con mis amigos en ese gran terreno de juego que eran las calles de mis ciudades de la infancia, se debía a la ausencia de esa libertad que sí nos otorgaba la Constitución Española de 1978 en sus artículos 20º y 21º. “¿No había libertad? ¿La gente no se podía reunir cuándo, dónde y con quién quisiera, a hablar de lo que le diera la gana? ¡Pues vaya un aburrimiento!”

Desde la óptica de un muchacho que cuyas metas por aquel entonces eran obtener la máxima nota en cualquier examen, terminar el primero en hacer los deberes, jugar al baloncesto con los amigos, vivir nuevas aventuras en esos libros que pululaban por casa o descubrir el mundo natural que le rodeaba, podía ser un aburrimiento; pero la verdad que conforme iba creciendo y conociendo más aquella época, más injusto me parecía que alguna vez pudiera haberse dado en mi país un comportamiento así. ¿Qué de malo podía haber en que varias personas se reunieran para hablar de lo que fuera? Con el tiempo descubrí que el miedo podía radicar en los propios gobernantes, que dictaban leyes para el pueblo –pero  sin el pueblo–, y en el temor de que una masa de ciudadanos pudiera arrebatarles ese poder que ostentaban. Por lo que me puse a indagar en ese texto que nos otorgaba aquellas leyes que nos permitía hacer cosas que nuestros antepasados no osaban ni imaginar. Y así fue como descubrí la libertad que tenían los ciudadanos de participar de asuntos públicos, los trabajadores de ir a la huelga, descubrí también que cualquier persona no podía juzgar a otra por su ideología ni por su creencia religiosa, o que nadie podía privar de la libertad a nadie y que la seguridad de todos nosotros estaba a salvo, así como nuestro derecho a la vida y a la integridad física o moral y a establecer libremente nuestra residencia o a circular por cualquier parte de nuestro país, ¡faltaría más! Eran cosas tan obvias… quizá muchas de ellas ya existieran; pero ahí estaban en ese libro de leyes supremo que rige la existencia de nuestro país. Sería injusto no obedecerlo o que no se hicieran cumplir. Pues sí, me equivocaba. Conforme fui creciendo, madurando y dándome cuenta del mundo que me rodeaba me topé con una realidad en la que había gente que era capaz de asesinar por pensar diferente, de prejuzgar a individuos por pertenecer a una ideología o creencia religiosa distinta a la suya, a secuestrar por desempeñar una labor profesional determinada, a impedir que personas que querían vivir en aquella tierra donde tenían sus raíces pudieran hacerlo teniendo que emigrar, a llevar hasta las máximas consecuencias de terror e intolerancia ciudadana la idea de que o era su forma de ver las cosas la que prevalecía o no habría vuelta de hoja.

Con el paso de los años esta situación fue cambiando y apaciguándose; aunque aún siga existiendo cierto resquemor. El problema es que esa intolerancia mencionada no ha sido eliminada; sino sustituida en sus actantes, sociales e ideológicos, por nuevos personajes con nuevas banderas que aparecen para intentar hacer el mismo daño en las instituciones públicas con sus actos y palabras, escudándose a su vez en esa libertad que les garantiza nuestra Carta Magna. El problema es que nunca entendieron que en nuestra Constitución, al igual que hay un apartado de derechos, existe también el de obligaciones. No entender que en un mundo globalizado, en que ha quedado descubierto que todo lo que nos dijeron del capitalismo y el comunismo era verdad y mentira, eliminar la capacidad para dialogar y llegar al consenso con la simple meta de hacer de este mundo un lugar mejor, es privar a una civilización entera de todas aquellas ventanas comunicativas que nos abren los avances tecnológicos del siglo XXI.



miércoles, 10 de abril de 2013

La cruz y la espada


Hace ya unos cuantos días que ha quedado atrás la Semana Santa, festividad en la que nuestras calles se engalanan para en ellas encontrarse la fe, la tradición, la cultura y el arte en las tan diversas manifestaciones que pueblan en total de nuestra geografía. Todas ellas tienen el fin común de rememorar la Pasión de Jesús de Nazaret, figura central del cristianismo y a su vez uno de los personajes más influyentes de la cultura occidental. Es ésta una época de recogimiento donde recordamos uno de los mayores actos de amor de la historia: entregar su vida, con el fin único de salvar a la humanidad; un mensaje de paz, perdón y comunión con el prójimo, que no tiene parangón en la historia de nuestra civilización. Pero también es cierto que todos los que asisten a las procesiones o actos religiosos de estos días no son creyentes, o lo son de otra confesión; pero pese a eso asisten atraídos por diversos motivos: el buen tiempo, salir a la calle, encontrarse con gente o por simple tradición. Pero ahí están, respetuosos y bienvenidos siempre, dado que uno de los principios del cristianismo es el ser una religión abierta a cualquier persona. Es por lo tanto interesante señalar que uno de los máximos principios que sostiene a la democracia, es el fundamento de una confesión religiosa que podemos considerar como mayoritaria en nuestro país.

A pesar de ello, año tras año y cada vez de manera más intransigente, nos encontramos con ciertos individuos que, miren ustedes por dónde, pertenecen a la misma ideología política: la izquierda más reaccionaria. Que durante estos días se dedican a blandir la espada de la intolerancia, tergiversando la realidad e incluso aduciendo argumentos que no se fundamentan en ningún principio de nuestro país, como es el ya archiconocido mantra social-comunista de hacer creer a la sociedad que en nuestra Constitución se refleja que España es un país laico. Falacia en primer término, sobre todo porque no es lo mismo que un país sea laico a que lo sea aconfesional, tal y como se presenta en nuestra Carta Magna. Y además, no contentos solo con promulgar por medio de sus discursos esta gran mentira, se dedican además a perseguir a mandoblazos de sectarismo a todo símbolo religioso cristiano que se encuentre en algún lugar público. Encontrándonos en algunos de ellos, comportamientos tan paradójicos como es el hecho de mandar quitar un par de crucifijos de las dependencias municipales y días más tarde salir en procesión como representante del consistorio. Mientras que, por otro lado, son capaces de convertirse en adalides de los derechos humanos, autoproclamándose los defensores de la integración de otras culturas y religiones en nuestro país.

No seré yo quien desde aquí argumente que se equivocan en el afán de hacer visible a otras comunidades religiosas o culturales más minoritarias en nuestro país que la comunidad cristiana, siempre he sido de la opinión de que todo lo que sea conocer culturas nuevas, si enriquece, es beneficioso; pero sí es verdad que se equivocan en sus formas, por enrevesadas y cicateras. Dado que es completamente paradójico que para plantear sus ideas deban crear el clima de crispación y bandos enfrentados, para que de dicho choque de trenes alguno de los dos salga perjudicado y ellos de nuevo vuelvan a aparecer, con sus archiconocidas salmodias, como la solución al problema que ellos mismos crearon. Lo peor de todo que esta estrategia, históricamente a más de uno nos es conocida; y es cuanto poco curioso ver cómo a cualquier precio intentan hacer prevalecer su "libertad de opinión", menospreciando a una religión fundamental para la comprensión de la historia y el futuro de Occidente y de Europa, tanto, que solo les pido que comparen la bandera de la Unión Europea con la corona de la Virgen del octavo día de diciembre.


miércoles, 3 de octubre de 2012

¿Era de prueba?




La semana pasada, tras diversos acontecimientos acaecidos y que ahora no vienen a cuento, tomé la decisión de no publicar, como había hecho hasta la fecha, la entrada correspondiente al miércoles 26 de septiembre en el blog "El espaldarazo". En esos días de reflexión transcurridos, y de los que ya hablaré en otro momento, una de las noticias que más me impactó fue la concerniente a las movilizaciones promovidas por ciertos grupos, afines o similares al movimiento 15M y congregados bajo el nombre de "Plataforma ¡En pie! Ocupa el Congreso", que utilizaron la fecha del 25 de septiembre para llamar a la movilización contra cualquier tipo de poder legalmente constituido. Muchas veces, el hecho de escuchar, ya sea rumor o verdad contrastada, una noticia bastante sorprendente, como es la que se basa en la idea de ocupar el Congreso de los Diputados, hace que uno comience a buscar toda la información posible sobre esto, para por lo menos, comprender cómo hemos sido capaces de llegar a tal situación.

Leer las noticias que tratan el tema en los diversos medios de comunicación puede ser un mecanismo bastante esclarecedor, pero muchas veces, y más en estos casos en los que se alienta a la ocupación y paralización de una de las instituciones del estado, lo conveniente es irse a la fuente inicial. En tal búsqueda de información, me encontré con el manifiesto donde aparecían los nueve puntos en los que esta plataforma justifica sus acciones y exige las condiciones. De entre todos los puntos, los que más me sobresaltaron son los que hacían referencia a la “dimisión del gobierno en pleno, así como la disolución de las Cortes y de la Jefatura del Estado”, y a la “apertura de un proceso constituyente transparente y democrático, a fin de redactar una nueva Constitución”, sobre todo tras  haberse celebrado elecciones generales el 20 de noviembre del pasado año. 

Es de sobra conocido ya por todos, que los momentos por los que pasa nuestro país no son fáciles a corto plazo, las circunstancias son duras y hay muchos errores cometidos que hay que solucionar; en primer lugar para generar la confianza que nos permita salir adelante y en segundo, para que tales fallos no los vuelvan a cometer las generaciones venideras. Por lo tanto, lo último que necesita España, es que la desconfianza se adueñe de la ciudadanía, y ésta, condimentada por la llama del odio, la separación y la indignación se deje llevar por la pasión desenfrenada llegando a cometer alguna atrocidad inimaginable.

No es momento de andarse con pruebas y ensayos hasta que demos con la tecla que nos devuelva a la senda de la prosperidad, los segundos corren para España, y bastante en contra, se acaba el tiempo y aún queda partido por remontar para alcanzar la victoria. Es el momento idóneo para apelar a la fortaleza de la unidad, al espíritu de los padres de nuestra democracia, a aquellos que dejaron aparcadas sus diferencias ideológicas por el bien común de la prosperidad y de la convivencia pacífica. Aquellos que fueron capaces de crear unas reglas de juego, plasmadas en la Constitución de 1978; y que a tan altas cotas de prosperidad llevaron a nuestro país. No son tiempos para obtener rédito político de la confusión que genera la crisis, apelando a disputas históricas o partidistas, para ocultar así los errores del pasado. Es tiempo de ser fuertes, porque sólo apostando por la fortaleza de la unión seremos capaces de salir adelante.