miércoles, 19 de junio de 2013

Un mundo más cercano


Aún recuerdo aquel instante preciso cuando, rondando yo esa edad que sirve de tránsito de la educación primaria a la secundaria, descubrí que en nuestro país hubo una época pretérita, y no tan lejana de mi presente, en el que la posibilidad de reunirse libremente en medio de la calle o conversar de manera distendida con cualquiera, acerca del tema que su libre albedrío eligiese, estaba prohibido. Puedo rememorar las preguntas que pude formularle a mi profesor en Maristas y a mis padres al llegar a casa en el momento en el que descubrí aquello; y puedo traer a mi presente más inmediato esa inquietud al desvelárseme, en ambos casos, que la causa de aquella falta de actividades que yo veía normales y justas, y que practicaba de forma diaria con mis amigos en ese gran terreno de juego que eran las calles de mis ciudades de la infancia, se debía a la ausencia de esa libertad que sí nos otorgaba la Constitución Española de 1978 en sus artículos 20º y 21º. “¿No había libertad? ¿La gente no se podía reunir cuándo, dónde y con quién quisiera, a hablar de lo que le diera la gana? ¡Pues vaya un aburrimiento!”

Desde la óptica de un muchacho que cuyas metas por aquel entonces eran obtener la máxima nota en cualquier examen, terminar el primero en hacer los deberes, jugar al baloncesto con los amigos, vivir nuevas aventuras en esos libros que pululaban por casa o descubrir el mundo natural que le rodeaba, podía ser un aburrimiento; pero la verdad que conforme iba creciendo y conociendo más aquella época, más injusto me parecía que alguna vez pudiera haberse dado en mi país un comportamiento así. ¿Qué de malo podía haber en que varias personas se reunieran para hablar de lo que fuera? Con el tiempo descubrí que el miedo podía radicar en los propios gobernantes, que dictaban leyes para el pueblo –pero  sin el pueblo–, y en el temor de que una masa de ciudadanos pudiera arrebatarles ese poder que ostentaban. Por lo que me puse a indagar en ese texto que nos otorgaba aquellas leyes que nos permitía hacer cosas que nuestros antepasados no osaban ni imaginar. Y así fue como descubrí la libertad que tenían los ciudadanos de participar de asuntos públicos, los trabajadores de ir a la huelga, descubrí también que cualquier persona no podía juzgar a otra por su ideología ni por su creencia religiosa, o que nadie podía privar de la libertad a nadie y que la seguridad de todos nosotros estaba a salvo, así como nuestro derecho a la vida y a la integridad física o moral y a establecer libremente nuestra residencia o a circular por cualquier parte de nuestro país, ¡faltaría más! Eran cosas tan obvias… quizá muchas de ellas ya existieran; pero ahí estaban en ese libro de leyes supremo que rige la existencia de nuestro país. Sería injusto no obedecerlo o que no se hicieran cumplir. Pues sí, me equivocaba. Conforme fui creciendo, madurando y dándome cuenta del mundo que me rodeaba me topé con una realidad en la que había gente que era capaz de asesinar por pensar diferente, de prejuzgar a individuos por pertenecer a una ideología o creencia religiosa distinta a la suya, a secuestrar por desempeñar una labor profesional determinada, a impedir que personas que querían vivir en aquella tierra donde tenían sus raíces pudieran hacerlo teniendo que emigrar, a llevar hasta las máximas consecuencias de terror e intolerancia ciudadana la idea de que o era su forma de ver las cosas la que prevalecía o no habría vuelta de hoja.

Con el paso de los años esta situación fue cambiando y apaciguándose; aunque aún siga existiendo cierto resquemor. El problema es que esa intolerancia mencionada no ha sido eliminada; sino sustituida en sus actantes, sociales e ideológicos, por nuevos personajes con nuevas banderas que aparecen para intentar hacer el mismo daño en las instituciones públicas con sus actos y palabras, escudándose a su vez en esa libertad que les garantiza nuestra Carta Magna. El problema es que nunca entendieron que en nuestra Constitución, al igual que hay un apartado de derechos, existe también el de obligaciones. No entender que en un mundo globalizado, en que ha quedado descubierto que todo lo que nos dijeron del capitalismo y el comunismo era verdad y mentira, eliminar la capacidad para dialogar y llegar al consenso con la simple meta de hacer de este mundo un lugar mejor, es privar a una civilización entera de todas aquellas ventanas comunicativas que nos abren los avances tecnológicos del siglo XXI.



miércoles, 5 de junio de 2013

Es bueno hacer memoria


Confieso que me pone de mala leche, y peor café, que tanta historia que atesora nuestra tierra se vaya tantas veces por el sumidero del ostracismo o quede arrumbada en algún cajón olvidado de cualquier archivo atestado de legajos mohosos, que esperan catalogación (previa autorización de la autoridad competente al becario de turno) y que serán pasto del decoro "politicamentecorrecto" del que tanto adolecen ciertos sectores de nuestra sociedad. Y es que en nuestro país no solo nos dedicamos a olvidar a esos personajes legendarios o hechos históricos gloriosos que con tanto orgullo muestran al común de los mortales otros pueblos o países, y que en momentos de adversidad tanto bien hacen por la unidad de sus habitantes. Sino que además nos dedicamos, en una guerra sin cuartel no declarada pero con los tiempos muy bien marcados, a adscribir a dichos héroes o leyendas a los dos bandos que se enfrentaron en la guerra civil española de 1936, olvidando que dichos personajes y hechos históricos son secularmente anteriores a ese conflicto. Y así, eruditos amaestrados en el arte de la patraña dejan correr ríos de tinta y remontan tanto la corriente de la historia, que llegan a dilucidar si el cavernícola que pintó el bisonte de Altamira era más del bando franquista o del republicano.

En España nos cuesta disfrutar de nuestra historia simplemente por el placer que produce el conocimiento de la misma, sin revisarla adscrita a una ideología actual, sin reescribirla. Dando la sensación tantas veces de que se reinterpretan algunas épocas históricas alistándolas a algún bando guerracivilista, con el fin de saldar alguna deuda familiar con esa época que tanto repercutió en su día en la vida de todos los españoles y que en la actualidad, paradojicamente, quienes no la vivieron, tanto se empeñan en no querer cicatrizar. Y así, en el afán por institucionalizar dicho comportamiento, se alumbró en su día una Ley de Memoria Histórica que mezclada (no agitada) a la Alianza de Civilizaciones, produjo un "cocktail" que en la mayoría de casos dio lugar a una resaca que llega incluso hasta nuestros días. Pudimos ver entonces cómo a la hora de buscar a Lorca, sospechosamente, no se encontraron sus restos donde la leyenda indicaba; cómo se retuvieron a la justicia las memorias de Niceto Alcalá-Zamora tras su recuperación en 2008 en la "Operación León" (robadas desde 1937) porque en ellas parece que no salía bien parado el Partido socialista; cómo nos encontramos de un día para otro a un centenar de musulmanes rezando en la Mezquita Catedral de Córdoba; o cómo hubo algún iluminado que vio inapropiados los escudos de Aragón, Guadix o Almuñécar, por aparecer en ellos cabezas de moros, yugos y flechas. Y así nos pasa con muchas otras cosas: con las festividades, como los toros en Cataluña, porque transmiten un sentimiento español que choca con el nacionalismo; con el olvido de personajes ilustres, ¿alguien sabe que parte de los huesos del Cid Campeador se encuentran en Alemania, Francia y República Checa?, ¿cuántos saben que uno de los almirantes más ilustres que hemos tenido, como fue el granadino don Álvaro de Bazán tiene una estatua en la Plaza de la Villa de Madrid?, ¿quién recuerda la victoria en la Defensa de Cartagena de Indias por Blas de Lezo, donde por cada español había díez ingleses?; o con la conmemoración de hechos históricos relevantes, como la celebración el verano pasado de los ochocientos años de la Batalla de las Navas de Tolosa, o este año del quinto centenario del descubrimiento de Florida por parte del español Juan Ponce de León (bueno, esto sí que lo celebraron bien; pero en Estados Unidos), o que todos los años (y desde 1492), el dos de enero se conmemora en Granada la Toma de la ciudad por parte de los Reyes Católicos.

En esta última me quedo, confieso que la tierra me tira; pero es que encima con la injusticia no trago. Porque es en la Toma de Granada donde se juntan esos dos grandes sinsentidos socialistas, la Ley de Memoria Histórica con la Alianza de Civilizaciones, para impedir que sea declarada dicha festividad como Bien de Interés Cultural por parte de la Junta de Andalucía, aduciendo "sotto voce" que es una conmemoración instaurada por el franquismo (no sé yo si en 1492 Franco ya estaría por allí) y que además no promueve el amor fraternal entre culturas (que yo sepa lo único que se hace es tremolar el estandarte real y mostrar el respeto a sus católicas majestades, que por si alguno no lo sabe tienen su mausoleo en Granada, sin llamarse al odio contra nadie). Aunque el argumento que parece determinante para su no declaración es, que ha sido el Partido Popular quien ha llevado a cabo la propuesta y por el contrario, en la Junta gobierna quien gobierna. Otra vez en Granada "con la Junta hemos topado"; pero no se desanimen, al contrario, al igual que con la histora, cuando se pongan a hablar de lo bien que el gobierno regional se porta con Granada, les animo a recordarles que es bueno hacer memoria.



miércoles, 15 de mayo de 2013

Identidad perdida



Desde que tengo uso de razón me he considerado seguidor incondicional del Real Madrid y no porque el fútbol me gustase, es de sobra conocido que desde siempre mi deporte predilecto ha sido el baloncesto; sino porque desde bien temprana edad recuerdo ver a mi padre vibrar con tardes de gloria madridista en la que once jugadores daban todo por una camiseta blanca que en la mayoría de las veces, una vez transcurridos los noventa minutos, acababa empapada de sudor, hierba, barro y hasta sangre de los hombres que la vestían. Por aquel entonces yo no tenía ni idea de las reglas de juego debido a mi juventud, pero sí es verdad que el amor por ese escudo y esa camiseta fue brotando gracias a las incontables veces en las que mi padre cantaba los goles y celebraba las victorias.

Con el paso de los años fui aprendiendo las normas de aquel deporte, aunque en la práctica yo siguiera entrenando por encestar cada vez más canastas en el colegio. Conforme más partidos veía, más quedaban en mi memoria nombres inmortales de la leyenda de este glorioso club, que con tanto orgullo recitaba mi padre: Juanito, Santilla, Butragueño, Martín Vázquez, Sanchís, Míchel… Y conforme iba siendo capaz de recordarlos, y hasta de reconocerlos, mi padre vio el momento oportuno para hablarme de lo que suponía históricamente el Real Madrid. Me lo describió como el club que más títulos europeos y nacionales poseía, donde grandes jugadores habían marcado época vistiendo esa camiseta, donde un estadio de cerca de cien mil espectadores se llenaba con gente de pie animando durante todo el encuentro, donde no se daba ningún partido por perdido por adverso que fuese el resultado, donde no había que menospreciar al rival bajo ninguna circunstancia, donde muchos jugadores de otros equipos anhelaban jugar en algún momento de sus carreras, y donde, pasase lo que pasase en el terreno de juego, se respetaba al adversario institucional y deportivamente. Cuestión ésta que repetía más de una vez mi padre bajo la frase de que “uno es del Real Madrid porque es un club de caballeros con valores”. Conforme pasaron los años y yo fui creciendo, se sucedieron victorias y derrotas, éxitos y fracasos que marcaron mi experiencia como seguidor de este club; pero que en ningún momento me hicieron dudar de mis ideales. Sabía que por muy adversa que fuese la situación siempre aparecerían jugadores cada vez mejores, dirigidos con mano certera por entrenadores que les enseñarían la grandeza de la legendaria camiseta que se enfundaban en cada partido. Y así fue como se hicieron grandes en el equipo Raúl, Hierro, Guti, Zamorano, Laudrup, Roberto Carlos, Mijatovic, Redondo… Jugadores que si por algo se caracterizaron fue por su entrega incondicional a algo que iba más allá de un simple escudo estampado en una camiseta, llegando en muchos a ser incluso una filosofía de vida.

Pero llegó un momento, en el que viéndose en la cúspide del siglo XX, el timón de la nave cambió de dirección y no se supo mantener esa política de cimentar la plantilla con jugadores que, desde las categorías inferiores, conocían lo que eran los valores del club, complementándola con aquellos fichajes que fueran necesarios. Se creyó que la grandeza la propiciaban las ganancias o los éxitos simplemente, y en esa ceguera se vieron abandonados los demás valores, desfilando por el club innumerables jugadores y entrenadores que aunque consiguieron títulos, pocos dejaron su impronta. El respeto desde y hacia otros equipos se fue perdiendo y el blanco de la camiseta tiñéndose de ese  gris apático actual. Quizá muchos se cuestionen por ello, pero ya dice el refrán que quien olvida su historia está condenado a repetirla; aunque en cuestión de éxitos quien olvida sus valores y principios está obligado a vagar sin rumbo por el derrotismo, a pesar de las victorias que consiga.


miércoles, 8 de mayo de 2013

En la cuerda floja



El pasado lunes pudimos asistir a una de esas jornadas que los romanos calificaban como dies horribilis, uno de esos días en que quienes lo sufren una vez pasado, al reflexionar sobre el mismo –si lo hacen, claro– expresan aliviados resignadas peroratas sintetizadas en el manido argumento de que no deberían haberse levantado de la cama al sonar el despertador. Es como si a partir de esa llamada que iniciaba un nuevo día se hubiera desatado la mayor de las tormentas imaginables, como si el rasgar la hoja del calendario de la jornada anterior hubiera actuado como catalizador, alineando todos los planetas en contra de la ya maltrecha y zozobrante nave socialista.

Y es que todo comenzó a raíz de que a Alfredo se le pasara por la cabeza la ingenua idea de que, dado que España había gastado 40.000 millones de euros de los 100.000 millones solicitados a Europa del Mecanismo Europeo de Estabilidad para la banca española, y que de ese montante total sobraban aún 60.000 millones por gastar; se crease un Plan de Reactivación Económica utilizando la mitad del sobrante (30.000 millones) para que fluyera el crédito entre las pymes y para que las familias pudieran renegociar sus hipotecas. Medida quizá acertada para momentos en los que las encuestas no les son favorables, populista podríamos denominarla; pero que nos resucitaría el fantasma del intervencionismo del estado, acercándonos a fechas en las que los hombres de negro estuvieron a punto de cruzar la frontera. La pregunta es ¿y cómo repartiría el dinero? ¿Quizá llevando a cabo una política parecida a la del cheque-bebé? Si algo no necesita nuestro país es volver a caer en los errores que durante la etapa del ejecutivo de Rodríguez Zapatero propiciaron la situación tan dificultosa por la que deambuló nuestro país. ¿Cómo se iban a pagar entonces los intereses de dicho préstamo? ¿Con otro préstamo? ¿Quién confiaría en nosotros? Dudo mucho que Europa o EEUU dieran el visto bueno. Y así fue como se desencadenó el desastre, dado que en apenas cuatro horas, desde Bruselas se anunció que el Plan Rubalcaba era inviable.

Este parece que fue el movimiento sísmico que trastocó toda la jornada, propagando su ola expansiva por toda la geografía nacional, propiciando diversas noticias donde el epicentro era siempre el Partido Socialista. Y así pasó horas más tarde, apareciendo en los medios Beatriz Talegón, aquella que en su día echó una regañina (o moralina) durante el Consejo de la Internacional Socialista por hacer la revolución desde un hotel de 5 estrellas, y que en el día de autos planteaba que detrás del movimiento 15M podía estar la derecha. Quizá en este caso su discurso estuviera invadido por el hemisferio derecho, propio de las actividades inconscientes, o quizá le invadieran a ella las ganas de posicionarse en la carrera a las primarias. Sea como fuere, si a sucesión socialista nos referimos, una de las candidatas, Carme Chacón, tuvo en tal jornada su momento de gloria; puesto que reprendió, vía misiva, al PSC y a Pere Navarro por acudir a la ‘Cumbre por el Derecho a Decidir’ de los nacionalistas, no sentándole bien a éste y creando más división si cabe entre ambas federaciones; aunque después de la Cumbre Pere Navarro se mostró preocupado y decepcionado por la actitud de Artur Mas, convirtiéndose su reacción en mofa de propios y extraños. Tal vez él se esperaba otra reacción del líder independentista. Y por último, la reacción del Presidente de los socialistas, José Antonio Griñán, quien para rematar la faena y crear unidad de partido añadió que veía en Andalucía posibles candidatos a liderar el PSOE iguales o mejores a los que habían salido. Ante lo que hay que matizar que tal y como se encuentran los socialistas en tierras andaluzas, a merced de Izquierda Unida y zarandeado por los ERE, no sé sabe si el candidato será igual o mejor; pero lo que no parece es que vaya a alejar a su partido de esa cuerda floja, pendiente de dar el traspié.



miércoles, 17 de abril de 2013

Siniestra Corneja



Muchos días, al arrullo de las tardes tranquilas que pueblan la primavera, suelo recordar aquellas clases de Literatura Medieval donde me explicaban, entre otras curiosidades, como en dicha época cualquier signo de la naturaleza solía ser interpretado, dado el alto nivel de superstición que imperaba en dicha sociedad, como una señal o pronóstico de un hecho futuro. Vienen a enlazar con tales recuerdos de mi memoria, los versos del comienzo del Cantar de Mío Cid en el que se narra que Rodrigo Díaz junto con su mesnada, a la salida de Vivar tuvieron la corneja diestra, y a la entrada de Burgos tuviéronla siniestra. Este volar de aves, dependiendo de la zona en la que el pájaro lo hacía, presagiaba, en el lado derecho, que los hechos futuros iban a ser propicios; mientras que si el volar se realizaba por la parte izquierda, era símbolo de mal agüero. Y es que en aquella época hasta el vuelo o el canto de las aves servía, como os comentaba, para presagiar el devenir del futuro.

Pero los tiempos han cambiado y aunque, todavía continúa habiendo mucha gente en la que el nivel de superstición alcanza cotas inusitadas, lo normal suele ser dilucidar el futuro por otros medios, como el razonamiento lógico; pese a que siga imperando en el tiempo por venir su carácter impredecible. Ahora bien, es verdad que últimamente, en lo que podríamos denominar como modernos pájaros de mal agüero; nos encontramos, en ciertas personas y actos, con esos indicios que vaticinan siniestros acontecimientos imaginables. ¡Y qué casualidad! Son en este caso pájaros que se agrupan en bandada por el ala izquierda de las ideas, donde anidan y desde donde se abaten rasantes e ideologizados contra todo aquel que no vuele por su corriente. Y no es ya que se conviertan en oráculos de suposiciones que declinan hacia un futuro; sino que tejen el presente a su antojo para así, con el devenir del tiempo, tender esas redes nada casuales, con las que atacar al contrario y seguir manejándolo todo caprichosamente. Aún podemos recordar cuántas veces se les indicó desde el ala opuesta, que las acciones que acometían no llevaban a buen puerto, y pese a que se dieron varias veces de bruces con la realidad más atroz, seguían aventurándose ya por inercia a aplicar esa “política del embrague” consistente en meter la pata en primer lugar, para luego, con afán de ganar tiempo de cara a las elecciones, realizar los cambios que fuesen oportunos, maquillando en lo posible el estropicio realizado.

La gran política, y menos en los tiempos que corren, no necesita de experimentos con los que contentar al "cortoplacismo" de unos resultados electorales que perpetúe en el poder a un dilatado tiempo impedidor del destape de ese truco, con trampa y cartón argumentativa, sobre el que construyeron una falsa realidad, endeble como la vida de una burbuja de jabón. La política en nuestro tiempo necesita de ese dirigir la mirada hacia el futuro prometedor que podemos y debemos alcanzar, dejando bien claro qué es lo que dejamos atrás y a quién se debe la actual situación. Dado que el olvido del origen de esta historia reciente, podría llevar a la sociedad a dejarse guiar por el vuelo de esos pájaros de mal agüero, o peor aún, depositar su confianza en aquel que diga que un pájaro le silbó al oído las recetas del éxito para el futuro.


miércoles, 10 de abril de 2013

La cruz y la espada


Hace ya unos cuantos días que ha quedado atrás la Semana Santa, festividad en la que nuestras calles se engalanan para en ellas encontrarse la fe, la tradición, la cultura y el arte en las tan diversas manifestaciones que pueblan en total de nuestra geografía. Todas ellas tienen el fin común de rememorar la Pasión de Jesús de Nazaret, figura central del cristianismo y a su vez uno de los personajes más influyentes de la cultura occidental. Es ésta una época de recogimiento donde recordamos uno de los mayores actos de amor de la historia: entregar su vida, con el fin único de salvar a la humanidad; un mensaje de paz, perdón y comunión con el prójimo, que no tiene parangón en la historia de nuestra civilización. Pero también es cierto que todos los que asisten a las procesiones o actos religiosos de estos días no son creyentes, o lo son de otra confesión; pero pese a eso asisten atraídos por diversos motivos: el buen tiempo, salir a la calle, encontrarse con gente o por simple tradición. Pero ahí están, respetuosos y bienvenidos siempre, dado que uno de los principios del cristianismo es el ser una religión abierta a cualquier persona. Es por lo tanto interesante señalar que uno de los máximos principios que sostiene a la democracia, es el fundamento de una confesión religiosa que podemos considerar como mayoritaria en nuestro país.

A pesar de ello, año tras año y cada vez de manera más intransigente, nos encontramos con ciertos individuos que, miren ustedes por dónde, pertenecen a la misma ideología política: la izquierda más reaccionaria. Que durante estos días se dedican a blandir la espada de la intolerancia, tergiversando la realidad e incluso aduciendo argumentos que no se fundamentan en ningún principio de nuestro país, como es el ya archiconocido mantra social-comunista de hacer creer a la sociedad que en nuestra Constitución se refleja que España es un país laico. Falacia en primer término, sobre todo porque no es lo mismo que un país sea laico a que lo sea aconfesional, tal y como se presenta en nuestra Carta Magna. Y además, no contentos solo con promulgar por medio de sus discursos esta gran mentira, se dedican además a perseguir a mandoblazos de sectarismo a todo símbolo religioso cristiano que se encuentre en algún lugar público. Encontrándonos en algunos de ellos, comportamientos tan paradójicos como es el hecho de mandar quitar un par de crucifijos de las dependencias municipales y días más tarde salir en procesión como representante del consistorio. Mientras que, por otro lado, son capaces de convertirse en adalides de los derechos humanos, autoproclamándose los defensores de la integración de otras culturas y religiones en nuestro país.

No seré yo quien desde aquí argumente que se equivocan en el afán de hacer visible a otras comunidades religiosas o culturales más minoritarias en nuestro país que la comunidad cristiana, siempre he sido de la opinión de que todo lo que sea conocer culturas nuevas, si enriquece, es beneficioso; pero sí es verdad que se equivocan en sus formas, por enrevesadas y cicateras. Dado que es completamente paradójico que para plantear sus ideas deban crear el clima de crispación y bandos enfrentados, para que de dicho choque de trenes alguno de los dos salga perjudicado y ellos de nuevo vuelvan a aparecer, con sus archiconocidas salmodias, como la solución al problema que ellos mismos crearon. Lo peor de todo que esta estrategia, históricamente a más de uno nos es conocida; y es cuanto poco curioso ver cómo a cualquier precio intentan hacer prevalecer su "libertad de opinión", menospreciando a una religión fundamental para la comprensión de la historia y el futuro de Occidente y de Europa, tanto, que solo les pido que comparen la bandera de la Unión Europea con la corona de la Virgen del octavo día de diciembre.


martes, 2 de abril de 2013

Educación para la Democracia



Todos los días, desde esos templos del saber que son las aulas de los centros docentes de nuestro país, los maestros y profesores nos dedicamos a enseñar a nuestros alumnos las grandes disciplinas académicas, que les servirán para estar bien preparados para cuando les llegue ese momento futuro en el que deban afrontar su vuelo libre en nuestra sociedad. Desde el primer día en el que se matriculan en esa nueva vida de aprendizaje continuo, son sus propias familias las que aceptan complementar en sus hijos la formación impartida en los hogares, con la de los contenidos de las diversas materias que forman el currículo académico, por medio de profesionales instruidos para tal fin. Ambas partes son igual de importantes en ese proceso de enseñanza y aprendizaje que es la vida diaria de cada joven, si la acción que lleve a cabo una de ambas no se ve complementada y/o fortalecida por la otra, más temprano que tarde llegarán a confrontar ambos ámbitos de enseñanza perjudicando al discente y al éxito de su futuro. Quizá este sea un terreno en el que la sociedad esté cada vez más concienciada, dado que los niveles de escolarización de los jóvenes en nuestro país son cercanos al 100% y semana tras semana podemos comprobar cómo los padres y madres de nuestros alumnos se interesan por la educación de sus hijos acudiendo a las reuniones de tutoría.

El problema surge cuando nuestros jóvenes aprendices, que absorben cual esponjas cualquier información que les rodea, ya sea por medio de su experiencia personal o por medio de los medios de comunicación; captan acciones perjudiciales para la sociedad democrática sin que nadie les advierta de que adoptar tales comportamientos en el futuro condicionará su vida de manera negativa, y por ende, será pernicioso para toda la sociedad. Me refiero concretamente a que no podemos dejar a nuestros jóvenes desamparados en una sociedad que se ha llegado a mostrar hasta orgullosa de aquellos individuos, tanto públicos como anónimos, que fueron o son capaces de enriquecerse por medio del fraude a la Administración Pública del Estado; o en una sociedad donde los representantes de los trabajadores no rechistaron ante la subida alarmante de parados, mientras los subvencionaron para alcanzar la paz social, pero que cuando el signo político cambió salieron en tromba contra el gobierno, como si no hubiera mañana; o en una sociedad donde se cuestiona, simplemente por acracia injustificada, cualquier poder público ya sea legislativo, ejecutivo y judicial amparándose en falacias tales, como que en democracia prevalecen los derechos del ciudadano, frente a las obligaciones sociales que éste deba tener, cuando todos sabemos que la sociabilidad se fundamenta en la equidad de ambos; o en una sociedad en la que por medio del señalamiento público se trate de amedrentar a cualquier persona, simplemente por pensar o tener una opinión distinta.

Ni el futuro de nuestros jóvenes, ni el futuro de nuestro país se merecen tan oscuro porvenir; sobre todo porque si hoy aceptamos estas actitudes, ¿hasta dónde no será capaz de llegar tal círculo vicioso de ignominia? Por tal razón, no es que nos competa solo a los centros educativos, o a las familias, o a los poderes fácticos, o a las instituciones legales comenzar a predicar por medio del ejemplo; sino que tal competencia debe ser asumida por toda la sociedad al unísono; dado que, solo así seremos capaces de hacer madurar a nuestra sociedad, otorgándoles a nuestros jóvenes una inquebrantable Educación para la Democracia.