miércoles, 6 de noviembre de 2013

¿Erasmus o Robertus?


Toda la vida buscando el mapa del tesoro, sin darnos cuenta de que nosotros mismos somos el verdadero cofre que atesora todas las grandes riquezas de la vida. Podría ser esta una sentencia que resumiera el momento de crisis, cambio y pérdida de rumbo por el que pasa nuestra sociedad; ese instante tras el terremoto en el que nos encontramos, medio aturdidos por el temblor y expectantes ante una posible nueva sacudida; dominante del afán manifiesto por encontrar un tablón salvavidas en medio de nuestra tempestad generacional, que nos impide mirar más allá de nuestros propios pies. Es cierto que hemos pasado por momentos difíciles; pero no menos arduos fueron aquellos que superaron muchos de nuestros antepasados; sí, aquellos ancestros cuyas historias, biografías y hazañas se encuentran en libros mohosos de olvidadas bibliotecas, o en la más “trendy” de las enciclopedias virtuales esperando a que hagamos clic sobre su hipervínculo.

Siempre he sido de la opinión, como exponía hace ya unas cuantas semanas, que el verdadero progreso del ser humano se debe a la perfecta combinación de los conceptos de “tradición” y “renovación” en cualquier ámbito de su existencia. Y como máximo ejemplo de ello, válgame una de las épocas de máximo esplendor de Occidente, ese periodo escrito con letras de oro en nuestra historia y que trajo la luz a las tinieblas del Antiguo Continente. Me estoy refiriendo, cómo no, al Renacimiento. Tras la desaparición de Roma como Imperio y la división del mismo en las diversas provincias que lo formaban, todas ellas corrieron una suerte desigual bajo la batuta de una dificultosa condición vital pródiga en guerras, miserias y ausencia de saber, amalgamada a su vez por un sistema político feudal, que dejaba poco margen de libertad a la sociedad medieval. Quizá más de uno, desde la óptica actual reniegue de lo malos, y hasta “medievofascistas”, que podían llegar a ser los estadistas de aquella época; pero lo que no sabrán es que para aquel periodo histórico no había otra opción posible; parafraseando a un eslogan, que muchas veces parece algo coetáneo de aquel tiempo: “Feudalismo o muerte”. Occidente lo tenía crudo, tanto las invasiones de los pueblos del Norte, como las que llegaban desde Asia propiciaban que la mano dura imperara por una simple cuestión de supervivencia, dando tiempo a que los nuevos estados resultantes adquirieran una individualidad nacional desde la que comenzar a andar hacia la modernidad. Cuando esa calma llegó y los grandes males pasaron, tuvimos la suerte como civilización de encontrarnos con unos jóvenes humanistas altamente preparados para la ocasión, hombres que con su esfuerzo supieron dotar de un brillo más intenso que el de la propia electricidad, a esa sociedad que tanto lo necesitaba. Hombres que regresaron a esos textos preservados en las bibliotecas monasteriales, para revitalizar la cultura clásica de la antigüedad grecolatina; jóvenes que apostaron por una concepción ideal y real de las ciencias y que además ubicaron al propio ser humano como medida de todas las cosas. Alumbrando con ello el concepto del “hombre del renacimiento”, libre de las cargas del pasado; pero con la experiencia suficiente, gracias a su preparación académica e inquietudes vitales, para poder extraer de aquel remoto pasado todo lo beneficioso que en él hubiera, y poder así construir su futuro.

Con el propósito de “mejorar la calidad y fortalecer la dimensión europea de la enseñanza superior fomentando la cooperación transnacional entre universidades, estimulando la movilidad en Europa y mejorando la transparencia y el pleno reconocimiento académico de los estudios y cualificaciones en toda la Unión” nació el programa ERASMUS que llevaba el nombre de uno de aquellos jóvenes, Erasmo de Rotterdam. Pero con el paso del tiempo, muchos de sus beneficiarios creyeron ver en dicho plan una oportunidad áurea para convalidar en el extranjero aquellas asignaturas-hueso de sus carreras, por otras menos dificultosas de su destino, o incluso enriquecer su conocimiento en rituales festivos europeos a niveles de “summa cum laude”. El problema es que en estos días, movido por el afán de garantizar que la aportación llegue a los estudiantes con más bajos ingresos, el Ministro Wert ha condicionado dicha beca al hecho de haber sido beneficiario de una ayuda general universitaria el curso pasado, perjudicando a los alumnos no becados el año anterior debido al carácter retroactivo de la medida y rectificando horas más tarde ante la presión y el revuelo ocasionado. Siempre he sido partidario de explicar bien las cosas, más y cuando tras un ajuste correcto de las becas se podrían ofrecer 250€ a los Erasmus que más lo necesitan, en vez de dar 38€ a todos, lo necesiten o no. No seré yo quien acuse a todo aquel que, en vez de aprovechar su Erasmus para formarse, se la dilapidó ejerciendo de Robertus en tierras extrañas. Hoy más que nunca nos encontramos con esa necesidad imperiosa de individuos altamente preparados y comprometidos para comenzar a andar hacia el futuro. Los tiempos son igual de difíciles, y volvemos a ser conscientes de que no solo las modas vuelven; sino que todo aquel tiempo que desperdiciamos en bagatelas y ocio, además, se nos vuelve en contra. Es el momento de mirar hacia el pasado y aprender de los errores… y los aciertos.



miércoles, 23 de octubre de 2013

La educación que damos


Muchas veces me han preguntado sobre cuál fue la causa que propició que decidiera dedicar mi vida laboral a la docencia de adolescentes en un instituto de Enseñanza Secundaria. Siempre he respondido lo mismo: “La bendita culpa fue de mis padres y mis maestros”. He de confesar que desde que tengo conocimiento, me he visto como una persona muy inquieta e interesada en conocer y descubrir cosas nuevas, no importaba la materia que fuera, la meta a alcanzar era aprender. Recuerdo con especial nostalgia todos aquellos momentos, duros y menos duros, en los que sentado en mi pupitre de Maristas, del Chabas o del Trevenque, ejercía mi labor como alumno, entusiasmado por la capacidad que tenían mis maestros y profesores para transmitir todo el conocimiento que su experiencia atesoraba. Es cierto también que no todos los momentos fueron igual de fáciles; pero sí es verdad que siempre pudieron encontrar en mí a un alumno comprometido y respetuoso con la labor que ellos desempeñaban.

En este instante entró en escena otro de los elementos primordiales en la educación de todo joven, la familia. Sin los valores que me inculcaron mis padres desde el primer momento, sé que nada de esto habría sido posible. Analizar su labor como educadores ha sido para mí siempre algo bastante curioso, sobre todo porque siendo novatos en el tema y dejando a un lado manuales, pedagogía y modas educativas, supieron transmitirme un alto nivel de valores humanos y sociales que siguen tan frescos como el primer día; y ahí viene mi sorpresa, sin ningún grito, ni mala palabra, ni amenazas; al contrario, desde el primer día diálogo y explicaciones constantes. Como muchas veces decía mi madre: “A un niño pequeño no hay que amenazarle para que se comporte de una determinada forma, porque tarde o temprano querrá rebelarse; sino que hay que hacerle comprender cuáles son las consecuencias, buenas y malas, de sus actos”. Pero su labor no se queda ahí, su implicación e interés en mi desarrollo académico era patente. Reuniones, tutorías, charlas con otros padres, con profesores, con amigos míos hacía que la labor educativa que desempeñaban en casa tuviera su eco en clase, retroalimentándose hasta engranar la maquinaria de mi vida. Y entonces pasaron los años y hubo que elegir hacia dónde dirigir mi futuro, en el que poco a poco aparecieron inquietudes como la capacidad de servicio público, siempre he creído que no hay mayor satisfacción para una persona que ayudar a mejorar a la sociedad desde tu propio puesto de trabajo. A ésta se unieron el gusto por los contenidos históricos, artísticos y comunicativos que propiciaban el estudio de las asignaturas de Letras. Además aparecieron en mi camino profesores que me enseñaron, que aunque tenían una asignatura donde mis gustos podían verse contentados, su alto nivel de exigencia y justicia para el trabajo de la materia que impartían, la hacía a su vez más atractiva. El siguiente paso era fácil, marcar la meta a alcanzar y luchar por ella. Ahora bien, tuve que atravesar unos años universitarios en los que, aunque excelentes; por fallos en el planteamiento del sistema de formación del personal laboral docente en España, no se instruía al alumnado en labores docentes; sino en labores académicas de investigación sobre la Lengua castellana y su Literatura. Esto pudo hacerme flaquear en algunos momentos; pero lo bueno es que la motivación por desempeñar en un futuro la labor de profesor contrarrestaban los altibajos. El viaje hacia la meta se completaba con un año del curso para la obtención del Certificado de Aptitud Pedagógica (actual Máster), las por algunos temidas oposiciones, y por fin la llegada al instituto.

Llegar a tocar la campana de la meta. Saber que vas a poder desempeñar la responsable labor de educar al futuro de una nación, es una satisfacción inconmensurable. El problema es que entonces, en ese preciso instante de felicidad desatada, uno se encuentra con gente desmotivada, alumnos que no ven que sus inquietudes se satisfagan, docentes que no encuentran más estímulo que el de poseer un sueldo fijo a fin de mes, familias que no se implican en la educación académica de sus hijos e índices de fracaso escolar, absentismo y abandono que harían a más de uno tirarse de los pelos. Entonces, en ese preciso instante te miras al espejo del pasado y recuerdas, en tu ausencia de experiencia docente, querer ser ese profesor ideal que hizo que tú te interesaras por su asignatura, haciéndole comprender a todos los alumnos cuáles son las consecuencias de una buena educación.



miércoles, 16 de octubre de 2013

Renovarse o morir


A veces no somos lo suficientemente conscientes de hacia dónde dirigimos nuestros pasos como civilización, es normal que ante el devenir lógico del continuo temporal, muchas veces el propio ser humano sienta un desasosiego interior cuando se para a reflexionar acerca del trascendentalismo y el futuro más inmediato de su propia existencia. Éste es un motivo filosófico muy recurrido, e incluso recurrente además, en épocas de cambios, en tiempos de crisis. Todo cambio siempre conlleva un proceso de adaptación y aprendizaje; y por la propia naturaleza que nos invade, como seres de costumbres que somos, a los propios seres humanos cuando nos encontramos en esos momentos de alteración momentánea y pasajera de nuestra más monótona cotidianidad, nos invade esa tesitura de dar el paso hacia adelante o quedarnos estancados.

¿Avanzar o parar máquinas? Acostumbrados a vivir en una sociedad en la que la espiral del avance científico y tecnológico gira a unas velocidades vertiginosas, e incomparablemente superiores muchas veces a la lógica rotación de las manillas del reloj, podemos sentirnos atraídos por tratar de adoptar una postura forzada en el intento de “estar a la última moda”, sin reflexión alguna acerca de si ese futuro prometedor, que se nos presenta ante nuestros ojos bajo la figura de un deseado y novedoso invento o actitud social, puede verdaderamente sernos de utilidad para nuestra vida. En el caso contrario, el inmovilismo y la cerrazón ante cualquier forma de progreso, así como la reflexión depresiva resumida en esa expresión tan nuestra de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, puede llevarnos a hacernos caer en un error parecido al reflejado en el caso anterior; mediante el cual, seremos incapaces de detectar aquellos valores positivos encerrados en esas nuevas actitudes y objetos que nos traigan los tiempos modernos, dejando pasar un tiempo precioso de adaptación y uso a tales novedades, para que con el paso del tiempo se conviertan en verdaderas herramientas beneficiosas para el progreso real de la sociedad. ¿Cuántas veces no habremos visto a individuos saturados por la desmesurada e incontrolada aceptación de últimas modas como ejemplos de progreso real? ¿Cuántas veces no habremos presenciado la visión de aquel individuo que, negando cualquier progreso por el simple hecho de serlo, se encuentra, llegado el momento oportuno, corriendo a marchas forzadas contrarreloj por intentar ponerse al día? Los momentos que todos recordemos quizá sean múltiples y variados en forma y desenlace; pero siempre traumáticos para la persona que lo sufre. Y es que el primer paso que hay que dar ante el progreso es la reflexión, adoptando casi una actitud aristotélica de búsqueda de la virtud; es cierto que habrá momentos en los que haya que apostar fuerte por una de ambas dicotomías; pero sin tener educada la capacidad de reflexión del justo medio será imposible alcanzar la meta deseada.

Los claros ejemplos de que la mezcla de ambas posiciones, en su justa medida, dan buenos resultados los tenemos en todos los avances consolidados, así como posturas filosóficas, modas, artes y demás actitudes sociales que han demostrado ser eficaces aunando “tradición” y “renovación” en sus bases. Por lo tanto, adaptando estos dos aspectos al ámbito que sirve para crear el futuro de una sociedad, la Educación. Hoy más que nunca, habiéndose demostrado que ha habido leyes educativas que han fracasado en su intento de alcanzar unas cotas de éxito académico comparables a países de nuestro entorno, leyes que incluyeron con su implantación metodologías y herramientas educativas tan novedosas que no fueron acompañadas de un estudio previo de impacto de las mismas, siendo dadas por buenas solo por el hecho de ser novedosas, es el momento de apostar por una revisión de la Ley Educativa en búsqueda de una mejora del propio sistema que les sirva a nuestros jóvenes y al futuro de nuestro país, para posicionarse en el mundo del mañana. Todo tiempo que perdamos en conflictos de alternancia de leyes, por el simple hecho de no ser acordes a ideologías o principios anquilosados, supondrá luego, a marchas forzadas tener que llevar a cabo las reformas necesarias que nos sirvan para alcanzar en 2020 los objetivos educativos marcados por Europa. El tiempo corre en nuestra contra y como bien dijo Unamuno: “el verdadero progreso consiste en renovarse”.



miércoles, 9 de octubre de 2013

Menú del día


Hoy me toca comer fuera. Alguna vez que otra, bien por falta de tiempo o bien por romper con la rutina de la comida solitaria en casa, me gusta visitar alguno de los muchos bar-restaurant que pueblan la geografía española, en los que además de disfrutar de viandas y platos caseros de calidad y consistencia contrastada, válidos para saciar el apetito del trabajador español a la hora del almuerzo, y proporcionarle el vigor suficiente para, en muchos casos, poder proseguir con su jornada laboral; sirven para pulsar ese latido de la sociedad tan nuestro a la hora de la comida. La escena quizá les sea conocida. Típico mesón andaluz, suelo con alguna que otra arrugada servilleta de papel, amplia barra de acero inoxidable, y tras ella una muchacha que después de sus horas correspondientes en el instituto, coincidiendo con la hora de la comida, va a echarles una mano a sus padres, dueños del local, para cobrar los menús y preparar los cafés. Mientras, la  madre, con una precisión de reloj suizo, se afana en la cocina en la preparación de los platos; y el padre, con una velocidad pasmosa, se esmera por no perder ni un minuto en hacer que las comidas lleguen ordenadas al respetable. Conjunto digno del mayor galardón en calidad, sincronización y trabajo de equipo, y encima, con un miembro menos, por caerse de la moto. Nada grave, para la vez próxima aprenderá a no hacer el ganso con la dos ruedas por las cuestas.

La zona de las mesas, que en otros sitios recibiría el nombre salón o reservado, dependiendo del precio del cubierto, aquí se utiliza, con su marquesina de madera de separación con el resto del local, para ubicar el comedor a ciertas horas y para recibir a los aficionados al deporte rey a otras tantas, haciéndolo coincidir en todas ellas con un incombustible televisor tamaño pared, cuya programación se alterna entre las noticias o el fútbol. Como no es menos de esperar, es la hora de la comida, y válgame el cielo, tocan noticias. Me siento con la musiquilla del sumario, abre la comparecencia de la ex Ministra socialista Magdalena Álvarez ante la juez Alaya por presuntos delitos de prevaricación y malversación en la investigación de los ERE falsos de la Junta de Andalucía, noticia que se complementa con las nuevas detenciones llevadas a cabo por la Guardia Civil en el marco de la investigación y tras anunciarlo la locutora… ¡zas! Golpe en una de las mesas en las que hay sentados dos señores enfundados en su mono azul electricista. “¡Te lo dije Manolo, que todavía caen más. Ya hasta sindicalistas!” –le espeta uno al otro en tono de indignación y clarividencia–. Parece que un espectáculo de irritación contenida va a dar comienzo en una de las mesas cercanas, y aprovechando que el comedor no está lleno, creo, que entre el tintineo de platos y el bullicio contenido, podré pegar la oreja discretamente a su conversación. Siguiente noticia: La OCDE sitúa a los adultos españoles en el último lugar en competencia matemática y lectora. “¡Ale, encima de que nos roban, somos los más tontos del mundo! Normal, así nos va.” –esta vez no hay golpe, pero el codazo al compañero no falta–. El comentario del resto de las noticias del sumario no levanta tanta expectación en el vecino comensal; parece que con esos dos platos habrá suficiente para comer.

Llega la ampliación de las noticias del sumario y entonces, a sus postres, que coincide casi con la llegada de mi primero comienza un lúcido monólogo digno del mejor sociólogo. Donde le argumenta a Manolo, silencioso éste en todo momento, que tras tanto proclamar la izquierda a los cuatro vientos, que los que robaban en España eran los “señoricos” y que Andalucía estaba tan atrasada a causa de que las políticas de izquierdas las tumbaban en Madrid los gobiernos de derechas, a él ya se le ha caído la venda. Que de siempre su familia había sido socialista; pero que tras ver cómo dejó el país “el de las cejas”, cambió su voto; y que ahora que se está descubriendo todo lo que han hecho en Andalucía, no se lo pensará para las próximas. Que quizá hayan cambiado de presidente los socialistas, pero que ha leído por ahí que lo hace para que no lo pillen y lo meta en el trullo esa jueza que los tiene bien puestos, y que si él fuera ella andaría con cuidado, porque aquí en Andalucía los bandoleros ya no van con caballo ni trabuco, sino con coche oficial y traje. Y que ya está bien de que haya tontos en esta tierra, que la política no es como el fútbol, del Madrid o del Barsa hasta la muerte; que lo que tienen que hacer los jóvenes es estudiar para que no los engañen; y si la educación no da resultado, entonces que la cambien; a no ser que no quieran porque así es más fácil de manejar al personal. Es curioso el discurso que se está marcando y en mi embeleso por prestarle atención, intentando éste buscar al camarero se ha percatado de que lo estaba escuchando, y ante su atenta mirada me dirige unas palabras: “Y usted, que me han dicho que es maestro, porque en un pueblo tan chico todos nos conocemos, luche porque los jóvenes salgan con una buena educación”. Ante lo que yo, orgulloso de sus palabras y ni corto ni perezoso, dirijo dos dedos de mi mano a mi frente, a modo de saludo y le respondo: “Amén”.



miércoles, 2 de octubre de 2013

Inquietud a cuatro bandas


Es de sobra conocida la situación por la que pasamos desde hace un tiempo los funcionarios en este país. Con la falta de previsión y la mala praxis del anterior Gobierno del Presidente Rodríguez Zapatero, se sufrió la enésima congelación salarial y el primer recorte en el sueldo de este colectivo de la historia. A raíz del siguiente cambio de Ejecutivo, y tras descubrirse el pufo de déficit real del Estado ocasionado por el anterior gobierno, se promulgaron con carácter de urgencia las medidas de congelación del salario, además de la supresión del complemento extraordinario de Navidad en 2012; medidas éstas excepcionales llevadas a cabo con el fin de intentar cuadrar las cuentas y con el propósito de ser reembolsadas por medio de beneficios fiscales y repuestas una vez se empezase a ver alguna mejora en el sistema nacional de cuentas. La hemeroteca no miente y el pasado 24 de octubre el Presidente Rajoy anunció en el pleno del Senado la reposición de las pagas extraordinarias de Navidad ya en este año; además de prometer que en cuanto pudiera mejoraría la situación de dicho colectivo, al que ya se le había pedido un "notable esfuerzo".

La sorpresa ha saltado esta mañana con las noticias, y mi preocupación se ha acrecentado cuando, la Consejera de Hacienda de la Junta de Andalucía ha afirmado que no descartaba volver a recortar los salarios de los funcionarios andaluces, así como llevar a cabo la supresión de las pagas extras. Volvemos entonces a encontrarnos con dos maneras de hacer política. La de aquellos, que dadas las difíciles circunstancias intentan desde Madrid arreglar el problema que ellos no provocaron, pero que se encontraron al llegar al Gobierno, intentando perjudicar lo menos posible al ciudadano y llevando a cabo un ejercicio máximo de compromiso con el futuro estable de nuestra nación. Y la de aquellos, compañeros de partido de los artífices de la nefasta situación nacional y herederos de la mala situación por la que pasa Andalucía, que se empeñan en seguir recortando servicios con el fin único de mostrarse ante la opinión pública como víctimas de una política coyuntural diametralmente distinta a la suya, y gracias, que desde Madrid trata de hacer encaje de bolillos en esta España autonómica (para muchos paradigma de la utopía federalista necesaria) que anda a varias velocidades económicas según el símbolo del gobierno autonómico que les toque a los ciudadanos.

Mi cuádruple preocupación entonces es:

-¿Dónde están en Andalucía esos sindicatos de clase que tanto se movilizaron cuando Rajoy suprimió la paga de Navidad en 2012?

-¿Qué argumentos esgrimirá la Junta cuando Rajoy reponga la paga extraordinaria a los funcionarios estatales este año?

-¿Hay derecho a que un mismo colectivo a nivel nacional como es el funcionariado sufra la mala gestión del gobierno autonómico que le toque en suerte o desgracia?

-¿Seguirá habiendo entre la ciudadanía individuos a los que les parezca no solo bien, sino además necesaria, la rebaja del salario de los funcionarios, dado el carácter indefinido del contrato de los mismos?

Las respuestas en las próximas entradas de la realidad.

PD Agradeceros a todos los que me leéis y disculpas por la espera veraniega. Semanalmente un comentario más sobre la actualidad.



miércoles, 3 de julio de 2013

Chiringuito 2.0


¡Ya tenemos aquí las vacaciones! Es comenzar a cambiar el tiempo y nuestra actitud ante la vida se modifica. Nuestro cuerpo incluso llega a funcionar al ralentí dependiendo de la hora del día en que nos hallemos. Nuestros hábitos de vida se alteran, los días son más largos, tenemos más tiempo para estar con esas personas que no vemos durante el resto del año, comemos a deshoras, donde sea y lo que sea, llegamos a perder la noción del tiempo y el espacio por tratar de desconectar de esa actividad que monótona nos acompaña diariamente. Vemos la vida de otro color, tanto, que los colores que nos visten cambian; la ropa se reduce, el cuello vuelto y la manga larga dejan paso a esa piel que, de tonalidades más propias de la moda decimonónica, pasará en unos días a codearse con colores más próximos al del inglés veraneante en Benidorm, antes de adquirir ese color cobrizo justo días antes de que acabe la temporada de baño y haya que volver a las aulas –sé que más de uno a esta última palabra escrita le ha puesto una jota delante, prometo no hablar más de ellas en este post–.

Llega el momento de elegir cómo cambiar de aires, y a no ser que uno viva en Granada, donde tiene el privilegio de tener ambas cosas a treinta minutos de distancia… ¿playa o montaña? Todos sabemos que el turismo de interior, del que me confieso fiel seguidor, está teniendo muchísimo tirón últimamente. Pero no nos hagamos ilusiones ni llevemos a engaño, la reina del verano, y más aquí en España es la señora playa. Y no es por caer en los tópicos estereotipados, pero si ustedes escriben en un papel “playa”, “paella”, “sangría” y “Manolo”, y debajo ponen “dígame el país”, el cien por cien de los encuestados terminará poniendo “España”. Así que no tardemos más, ¡vámonos a la playa! Es oírse esta frase en más de un hogar de nuestro país y como por arte de magia comenzar a desarrollarse una compleja labor de logística, digna de la más secreta incursión militar; en la que los parámetros principales de la misión son contabilizar cuántos son los miembros a movilizar, elegir el vehículo de campaña, y preparar toda la impedimenta a trasladar hasta el punto más cercano a la orilla. Tanto si planeamos la misión a varios días vista, como si espontánea y unilateralmente decidimos conquistar la orilla más cercana, tendremos que llevar a cabo la puesta a punto de toallas, sillas, bañadores, cremas, nevera, víveres, bebida, sombrilla, palas, cubos, gorras, gafas y alguna lectura, que tras ubicarlas ordenadamente en el maletero del coche, como si una partida en el nivel décimo del Tetris se tratara;  nos serán de gran ayuda para hacernos pasar un buen rato de playa, entre vuelta y vuelta de sol, con su baño incluido, siempre que las medusas nos lo permitan.

Pero los tiempos han cambiado, y ahora hay que darle la bienvenida, como si de un artilugio más de playa se tratara, al que se está convirtiendo en un apéndice imprescindible para muchas personas en estos tiempos modernos, la navaja suiza del siglo XXI, ¡las “tablets” y “smartphones”! Porque ¿cómo íbamos a ser capaces antes de llegar a la playa sin que el GPS no nos indicara el camino y el estado del tráfico en nuestras carreteras? ¿Cómo íbamos a averiguar hace unos años en qué playa hacía buen tiempo, viento favorable y ausencia de medusas sin consultarlo previamente en internet? ¿Cómo íbamos a aventurarnos a ir a algún chiringuito sin que el mismo apareciese recomendado en la aplicación “Guía de gastrobares a pie de orilla”? Y así podríamos seguir hasta donde el ingenio humano alcance. Pero el problema no es que la tecnología esté introduciéndose en ámbitos de nuestra vida cotidiana para hacérnosla más fácil a una velocidad luminosa; sino que esta tecnología que se nos brinda como una herramienta de ayuda en el trabajo y el ocio, se está convirtiendo en algo imprescindible para muchas personas, desplazando y perdiéndose con ello, en algunos casos, la esencia singular de que el ser humano es un ser social por naturaleza, y no tecnológicamente. Por ello, antes de ver si es imprescindible que nuestro chiringuito tenga conexión wifi durante nuestras vacaciones, parémonos a pensar si queremos que el día de mañana nuestros hijos hagan castillos de arena en una aplicación desde sus tablets sin salir de casa. Pero no nos agobiemos que ya tenemos aquí las vacaciones… ¡y toca disfrutarlas!



miércoles, 19 de junio de 2013

Un mundo más cercano


Aún recuerdo aquel instante preciso cuando, rondando yo esa edad que sirve de tránsito de la educación primaria a la secundaria, descubrí que en nuestro país hubo una época pretérita, y no tan lejana de mi presente, en el que la posibilidad de reunirse libremente en medio de la calle o conversar de manera distendida con cualquiera, acerca del tema que su libre albedrío eligiese, estaba prohibido. Puedo rememorar las preguntas que pude formularle a mi profesor en Maristas y a mis padres al llegar a casa en el momento en el que descubrí aquello; y puedo traer a mi presente más inmediato esa inquietud al desvelárseme, en ambos casos, que la causa de aquella falta de actividades que yo veía normales y justas, y que practicaba de forma diaria con mis amigos en ese gran terreno de juego que eran las calles de mis ciudades de la infancia, se debía a la ausencia de esa libertad que sí nos otorgaba la Constitución Española de 1978 en sus artículos 20º y 21º. “¿No había libertad? ¿La gente no se podía reunir cuándo, dónde y con quién quisiera, a hablar de lo que le diera la gana? ¡Pues vaya un aburrimiento!”

Desde la óptica de un muchacho que cuyas metas por aquel entonces eran obtener la máxima nota en cualquier examen, terminar el primero en hacer los deberes, jugar al baloncesto con los amigos, vivir nuevas aventuras en esos libros que pululaban por casa o descubrir el mundo natural que le rodeaba, podía ser un aburrimiento; pero la verdad que conforme iba creciendo y conociendo más aquella época, más injusto me parecía que alguna vez pudiera haberse dado en mi país un comportamiento así. ¿Qué de malo podía haber en que varias personas se reunieran para hablar de lo que fuera? Con el tiempo descubrí que el miedo podía radicar en los propios gobernantes, que dictaban leyes para el pueblo –pero  sin el pueblo–, y en el temor de que una masa de ciudadanos pudiera arrebatarles ese poder que ostentaban. Por lo que me puse a indagar en ese texto que nos otorgaba aquellas leyes que nos permitía hacer cosas que nuestros antepasados no osaban ni imaginar. Y así fue como descubrí la libertad que tenían los ciudadanos de participar de asuntos públicos, los trabajadores de ir a la huelga, descubrí también que cualquier persona no podía juzgar a otra por su ideología ni por su creencia religiosa, o que nadie podía privar de la libertad a nadie y que la seguridad de todos nosotros estaba a salvo, así como nuestro derecho a la vida y a la integridad física o moral y a establecer libremente nuestra residencia o a circular por cualquier parte de nuestro país, ¡faltaría más! Eran cosas tan obvias… quizá muchas de ellas ya existieran; pero ahí estaban en ese libro de leyes supremo que rige la existencia de nuestro país. Sería injusto no obedecerlo o que no se hicieran cumplir. Pues sí, me equivocaba. Conforme fui creciendo, madurando y dándome cuenta del mundo que me rodeaba me topé con una realidad en la que había gente que era capaz de asesinar por pensar diferente, de prejuzgar a individuos por pertenecer a una ideología o creencia religiosa distinta a la suya, a secuestrar por desempeñar una labor profesional determinada, a impedir que personas que querían vivir en aquella tierra donde tenían sus raíces pudieran hacerlo teniendo que emigrar, a llevar hasta las máximas consecuencias de terror e intolerancia ciudadana la idea de que o era su forma de ver las cosas la que prevalecía o no habría vuelta de hoja.

Con el paso de los años esta situación fue cambiando y apaciguándose; aunque aún siga existiendo cierto resquemor. El problema es que esa intolerancia mencionada no ha sido eliminada; sino sustituida en sus actantes, sociales e ideológicos, por nuevos personajes con nuevas banderas que aparecen para intentar hacer el mismo daño en las instituciones públicas con sus actos y palabras, escudándose a su vez en esa libertad que les garantiza nuestra Carta Magna. El problema es que nunca entendieron que en nuestra Constitución, al igual que hay un apartado de derechos, existe también el de obligaciones. No entender que en un mundo globalizado, en que ha quedado descubierto que todo lo que nos dijeron del capitalismo y el comunismo era verdad y mentira, eliminar la capacidad para dialogar y llegar al consenso con la simple meta de hacer de este mundo un lugar mejor, es privar a una civilización entera de todas aquellas ventanas comunicativas que nos abren los avances tecnológicos del siglo XXI.